domingo, 26 de junio de 2022

¡ASI DICE EL SEÑOR!

 


Yo, Yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mi mismo,

y no me acordaré de tus pecados

(Isaías 43:25)

El texto bíblico que hoy nos ocupa está pronunciado en primera persona como procedente de los labios del Dios Omnipotente. El mismo inicia con una afirmación y proclamación de su gloriosísima Persona: “YO”, y si todavía nos es necesario por distintos fines preguntar “¿Quién?” la respuesta inmutable será siempre la misma YO, el Dios y Señor de la historia, el único Dios verdadero, el único que determina lo que es el verdadero bien y el mal, el pecado y la justicia, la salvación y la condenación, la vida y la muerte.

Dios es el centro y protagonista de la frase bíblica que hoy consideramos, pero lo es de toda la Escritura. Él es el tema sobresaliente de toda la narrativa bíblica, el clímax de la revelación bíblica, y en quien han de cerrar todos los ciclos y culminarán todas las historias y caminos de todo cuanto ha sido creado.

Si bien es cierto que la Biblia toca variados y numerosos temas en distintos campos: historia, geografía, leyes, principios administrativos, aspectos relativos al comportamiento humano, normas sociales, principios morales, axiomas de causa efecto, etc. No obstante, el tema predominante de la Biblia, objeto y sujeto, principio, causa y razón de la Escritura es únicamente Dios.

Se equivocan los hombres cuando piensan en la Biblia como un manual para alcanzar el éxito material; están equivocados cuando ven en ella un “conjunto de buenos consejos”. Están siendo objeto de extravíos cada vez que al acercarse a la Escritura son conducidos a contemplar el brillo  de las riquezas, el deleite de la vanagloria, el disfrute del poder. Todos los que encuentran cualquier otra cosa que nos sea al Dios de la gloria siendo digno de reinar sobre toda su creación, tienen su brújula espiritual pérdida, porque Él y únicamente Él es el norte de la Escritura.

El resultado de todo estudio bíblico, de la lectura bíblica, de la meditación en las Escrituras debe ser siempre poder contemplarle mejor a Él: el único Dios verdadero, Aquel ante cuya presencia la tierra se sacude y los volcanes entran en erupción, el Dios que escoge y redime, el que es tres veces Santo, el Dios perdonador y consolador, el Dios eterno e inmutable, el perfecto en justicia, pero también Padre de misericordias, Dios castigador de toda maldad pero también galardonador de los que le buscan, Él y sólo Él es Dios, su Nombre un misterio hasta el día de hoy, su poder es irresistible, siempre ha hecho lo que ha querido hacer, no le da explicaciones a nadie, no ofrece disculpas, Él es sin igual, Él solo creó el universo en un único instante por su sola palabra de Poder, y el universo entero que Él creó está completamente sujeto a su designio y voluntad, Él determinó el transcurrir de la historia, Él dictaminó  sentencia irrevocable sobre el pecado y todas sus consecuencias, todos los hombres comparecerán ante su trono, uno a uno serán llamados a presentarse ante Él porque Él así lo ha dispuesto; si lo hubiese querido podría haberse hecho manifiesto y visible ante toda la humanidad, o hablar con voz a de trueno ante todas la naciones como lo hizo con la nación de Israel, pero si dispuso darse a conocer por las Escrituras y el mensaje del Evangelio hablando a las conciencias de los hombres, Él es Dios para así haberlo decidido.   

“Yo, Yo soy el que borro tus rebeliones…”

            Si hay algo que la Escritura no intenta eludir es el asunto del problema del mal relacionado con el ser humano. El resumen de su condición y realidad lo encontramos por ejemplo en las siguientes palabras: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23); y aún afirma con toda severidad: “La paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). Y así como dijimos que el punto focal de las Escrituras es Dios, tenemos que decir  ahora que el punto focal del ser humano es su pecado: el problema verdadero de fondo de todo ser humano es su pecado. El pecado...

-          Es el único obstáculo para que pueda conocer a Dios

-          La causa real de todas las miserias y desdichas humanas

-          El único problema que de no ser resuelto le confinará al castigo eterno.

-          La causa por la cual las personas serán excluidas de la presencia de Dios

-          Un problema que fatiga, debilita, azota y avergüenza a muchos cristianos.

El tema ineludible de todo aquel que se acerca a Dios es el tema de su pecado, es el tema que Dios quiere hablar con cada uno de nosotros.

Una señal de un verdadero encuentro con Dios será siempre el llegar al convencimiento de nuestra pecaminosidad. Ya sea por una conciencia de culpabilidad o sentido de condenación; o por un reconocimiento de cómo nuestra propia naturaleza volitiva e interior se opone a la voluntad y autoridad de Dios; o por una mayor comprensión y gratitud de la gracia divina.

Nuestro texto bíblico dice “Yo, Yo soy el que borro tus rebeliones…”. Dios y sólo Dios, es el único que puede borrar nuestros pecados (por la sangre de Jesucristo derramada en la cruz).

Intenta borrar tus pecados de otra forma, por otros medios, y te encontrarás tratando vanamente de asir las estrellas con tus manos. Intenta borrar tus pecados con aparentes obras de justicia y bondad, y te hallarás tratando de detener la caída de la noche con el soplo de tu boca. Intenta olvidar todo este asunto del pecado en tu vida, y al final del camino te encontrarás agobiado y angustiado y sin poder encontrar distracción ni descanso ante la proximidad de tu partida de este mundo para ir a rendir cuentas a tu Creador. Olvídate e ignora tus pecados en el resto de tus pocos días (siempre son pocos), y cuando despiertes en la eternidad (sin importar si creíste o no en ella) nunca jamás podrás olvidarlos, por cuanto por causa de ellos habrás de estar en el eterno tormento. Pero no tiene que ser así…Dios puede, quiere, y te ofrece hoy, borrar tus rebeliones.

Dios dice “Yo, Yo soy el que borro tus rebeliones…”. Para todos los que hemos creído en el mensaje del Evangelio de Jesucristo estas palabras, aunque pronunciadas varios siglos antes de su encarnación y sacrificio, son una fuente de inspiración y gratitud. Por los últimos 20 siglos los cristianos en todas las generaciones han tributado su gratitud a Dios por el perdón de sus pecados, hecho que reconocen (como lo afirma la Palabra de Dios) se realiza sobre el infinito valor de la sangre de Jesucristo.

Pobre del creyente que deja que la basura e inmundicia del pecado se le acumule en su vida. Vivirá angustiado sin necesidad, perdiéndose de bendiciones, desperdiciando recompensas, y “marchitándose” hasta que declare ante Dios su pecado y se disponga abandonarlo.

Dichoso el creyente que no se está escondiendo de Dios, ni se engaña a sí mismo en lo relacionado con sus pecados, sino que, tan pronto como su conciencia es azotada por la Palabra de Dios y queda convicto de pecado, acude ante la presencia de su Dios en reconocimiento y confesión para que Él lo limpie y borre sus pecados. Habrá entrado a la presencia del Señor manchado y avergonzado, pero saldrá limpio, agradecido, renovado  y más preparado para vencer.

Dios siempre está presto a perdonar el pecado. La siguiente parte de nuestro texto bíblico nos dice porqué lo hace…

Yo, Yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mi mismo…”

           Oh, que pudiésemos al fin entender y ser convencidos de una vez por todas que se trata de Él. Dios nos perdona por amor de sí mismo. No lo hace por el valor ritual de nuestra confesión, tampoco por nuestro valor intrínseco como criaturas. En el perdón que Dios nos concede únicamente cabe una sola palabra: GRACIA.

Yo, Yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mi mismo,

y no me acordaré de tus pecados

            Cosas maravillosa y asombrosa es que Dios borre nuestras rebeliones y pecados por amor de Sí mismo, pero que se olvide de las ofensas que le hicimos, de los desaires y los insultos a su persona, es algo realmente no menos asombroso.

           Que grandiosa declaración. Él, la mente infinita, ha decidido no acordarse de todos esos nuestros pecados. Con toda seguridad nosotros mismos no olvidamos muchos de los pecados que cometimos. Aún cuando los reconocimos y abandonamos y no hemos vuelto a ellos, siguen grabados en nuestra memoria. Pero el Señor dice que no se acordará de nuestros pecados.

       ¿Será que perderá la memoria nuestro Dios? ¿Podrá en verdad olvidarse de algo Dios? No, definitivamente no, pero la base sobre la cual Dios concede el perdón es tan perfecta, suficiente, satisfactoria y eficaz, que a los que Dios perdona los perdona de tal manera que nunca jamás tendrá algo que decir o señalar con relación a sus antiguos pecados.      

        Hoy, a todos los que hemos reconocido nuestros pecados y culpabilidad, y hemos creído al mensaje del Evangelio, su Palabra nos dijo:

Yo, Yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mi mismo,

y no me acordaré de tus pecados

 

    Y tú ¿qué esperas para reconocer la realidad de tu pecado y justa culpabilidad, y acudir ante el Único que los puede borrar y perdonar?

En Junio de 2022

Antonio Vicuña.

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domingo, 19 de junio de 2022

NUESTRO PADRE DIOS


       
          La paternidad tal como la conocemos en nuestra experiencia tiene su origen, como todas las cosas buenas y de valor, en Dios. Fue Él quien la diseñó y estableció como elemento permanentemente presente en la realidad humana. El valor positivo de la paternidad como institución también está asociado con Dios, quien la revistió de un valor y significado especiales al establecer en el primer mandato con promesa que dio a su pueblo, que los hijos debían honrar a sus padres (Éxodo 20:12; Efesios 6:2). Tan importante era este aspecto en la estima divina, que el castigo ordenado por Dios para los hijos que le faltaran el respeto a sus padres, hiriéndoles físicamente o maldiciéndoles con su boca,  era la muerte (Éxodo 21:15,17). Finalmente diremos que, como todas las instituciones que Dios estableció en nuestro vivir (matrimonio, familia, trabajo, etc.), la paternidad habría de actuar como un elemento comunicativo que con su significado y realidad habría de ayudarnos en última instancia, a poder comprender mejor la gloriosa y perfecta paternidad de Dios.

Hay apenas cerca de una docena de citas en el Antiguo Testamento que hacen referencia a Dios como Padre en algunos varios sentidos:

-             Padre del pueblo de Israel (Deuteronomio 32:6, 19)

-             Padre de Salomón, tipo del Señor Jesucristo  (1 Crónicas 17:13; 22:10; 28:6)

-             Padre de huérfanos es Dios (Salmo 68:5)

-             Padre Eterno, como uno de los títulos del Mesías (Isaías 9:6)

-           Clamando por piedad en medio de la ruina de la nación el profeta Isaías apela a la paternidad de Dios (Isaías 63:16; 64:8)

-           En un intenso llamado al arrepentimiento, Dios, por medio del profeta Jeremías, reclama que esperaba reconocimiento como Padre de la nación de Israel (Jeremías 3:4,19), y anuncia que les restaurará de sus perversos y torcidos caminos porque Él es Padre de ellos (Jeremías 31:9).

De manera que la idea de la paternidad de Dios, aunque ciertamente estuvo presente (como se hace evidente  en esas pocas citas bíblicas que la mencionan), sin embargo no era un aspecto que fuese a menudo anunciado, ni era un concepto muy familiar para los creyentes de la antigua era. Es sólo a partir de la nueva era, con la venida y manifestación del Señor Jesucristo, que el concepto de la paternidad de Dios para los creyentes se comienza a hacer cada vez más cercano y natural a la mentalidad y sentir de los que creen.    

            De hecho, es el Señor Jesucristo quien revela y enseña que Dios puede ser verdaderamente un Padre para todos aquellos que se deciden a cultivar una relación con Él. En su forma de hablar, era habitual que el Señor Jesús, cuando hablaba a quienes se disponían a escuchar con atención sus palabras, mencionase a Dios con la expresión “vuestro Padre” (Mateo 5:16, 45, 48; 6:1, 8, 14, 15; 6:26, 32; 7:11); o que usara la expresión “tu Padre”, cuando quería enfatizar la individualidad de esa relación tan cercana que podemos llegar a experimentar con Dios (Mateo 6:4, 6, 18). Cuando el Señor hablaba de Dios de esta manera, que al parecer no era común, y que probablemente nadie más usaba, las personas en general aceptaban sin problema esa manera particular de enseñar. Pero cuando el Señor Jesucristo se refería a Dios como su Padre, y se expresaba con la frase “mi Padre” (Mateo 7:21; 10:32-33) habían personas que se irritaban y molestaban mucho (Juan 5:17-18).

            Más adelante, cuando la iglesia estaba extendiéndose y se establecían las bases de su mensaje y fundamento doctrinal, fue Pablo, el gran teólogo de la iglesia, quien tuvo el honroso privilegio de exponer y profundizar sobre las maravillosas implicaciones del hecho de que Dios sea Padre de todos los creyentes y de que nosotros podamos llamarnos con verdad hijos de Dios. En todas sus cartas, sin excepción, lo primero que hace al iniciar cada una de ellas es tributar alabanzas a Dios como Padre. Y especialmente significativas son las dos menciones de la expresión griega “Abba Padre” que hizo en Romanos 8:15 y Gálatas 4:6, significativas, porque en ambas oportunidades enfatiza el hecho de cómo el Espíritu Santo, al venir a morar en nosotros, nos ayuda a acercarnos con confianza ante Dios al poderle reconocer como nuestro Padre.

            La paternidad de Dios podría ser abordada desde distintos énfasis y enfoques bíblicos, pero en esta oportunidad nos acercaremos a ella a través de algunas de las palabras de su único Hijo, el principal y primero de todos, Aquél que le conoce como nadie.

Nuestro Padre Dios según el Señor Jesucristo

1.- Un Padre que está en los cielos (Mateo 6:9)

…Padre nuestro que estás en los cielos…

            Quizá esta sea la frase más conocida de todas las que pronunció el Señor Jesucristo, y expresa precisamente el hecho de que nuestro Padre está en los cielos, expresión que denota una posición más que distancia o ubicación física o geográfica. En la cosmovisión bíblica (que dicho sea de paso es la verdadera) el cielo gobierna sobre la tierra. Y el hecho de que nuestro Padre Dios esté en los cielos manifiesta que suyo es el poder, el dominio y toda autoridad. De allí el altísimo e incalculable alcance de la oración que como hijos podemos elevar a nuestro Padre que está en los cielos. El cielo, con su inimaginable inmensidad para el hombre, es obra de sus manos y el trono de su asiento (Isaías 66:1). Los hombres no imaginan que Dios esté en los cielos, las Escrituras nos revelan y manifiestan que Él ciertamente está en los cielos gobernando sobre toda su creación. Los creyentes no elevaron a Dios por sus creencias hasta los cielos, Dios los levanta a los cielos por creer verdaderamente en Él.

            Tenemos un Padre que está por encima de todo y de todos, un Padre que domina desde la suave brisa hasta el indomable relámpago que anuncia y desata la tempestad. Nuestro aliento y fortaleza, nuestro ánimo y vigor para nuestro presente vivir, sea cual sea la suerte y circunstancias en que nos encontremos lo hallaremos siempre muy cerca de este pensamiento y siempre cierta afirmación: nuestro Padre está en los cielos.

2.- Un Padre glorioso (Mateo 16:27)

…el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria…” (Efesios 1:17)

            Dios es llamado el Dios de la gloria (Salmo 29), Rey de gloria (Salmo 24), su trono es el trono de gloria (Jeremías 17:12), entre otros gloriosos y descriptivos calificativos, mas para el que en esta oportunidad nos ocupa diremos que Él es “el Padre de gloria”, calificativo que a menudo usó el Señor Jesucristo al mencionar en reiteradas oportunidades la frase “la gloria del Padre”.

La gloria de Dios es una de esas características esenciales de su ser que nos resulta muy difícil de definir y comprender. Está asociada con el resplandor de su presencia (Lucas 2:9); con cierto sentido de separación e inaccesibilidad a la presencia inmediata de Dios (Éxodo 33:18-23); con una realidad que está escondida del orden natural y físico de la vida terrenal (Mateo 17:2) y cuyo más cercana figura y representación para nosotros quizá sea la luz del sol.

Nuestro Padre no es uno más entre varios, ni siquiera uno de los mejores, Él es el Padre de gloria, quien habita en luz inaccesible y a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver, Aquel a quien pertenecen la honra y el imperio sempiterno (1Timoteo 4:16).

¡Todavía no tenemos idea de la gloriosísima grandeza de Aquel que nos tomó por hijos y quiso por voluntad propia ser nuestro Padre!           

3.- Un Padre que tiene un reino (Mateo 26:29)

…no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba de nuevo con vosotros en el reino de mi Padre

            En el progreso de la revelación bíblica se deja muy en claro que Dios es regente de un reino de carácter eterno (Daniel 4:3; 7:27). Un reino que se acercó e hizo presente con la encarnación y manifestación del Señor Jesucristo (Lucas 17:21). Y un reino que tiene aún un carácter escatológico y futuro pendiente por cumplimiento.

            Nuestro Padre es el Rey de toda la tierra como lo expresó el salmista (Salmo 47:7). Nuestro Padre es Rey, el único y verdadero Rey; su trono está puesto nada más y nada menos que en los cielos mismos y sobre la tierra pone a descansar sus pies. Ese es tu Padre amado hermano. ¿Cómo te vas a sentir desamparado con semejante Padre? ¿Cómo puedes siquiera pensar que no hay sentido ni propósito para tu existencia?

            Debo decir algo más en este punto. Ciertamente hay un reino eterno en desarrollo el cual preside y dirige nuestro amantísimo Padre celestial. También es cierto que tú como hijo del gloriosísimo Rey tienes parte y herencia en su bendito reino. Pero, y he aquí la observación. ¿Por qué no estás ocupando la posición que te ha sido asignada en el reino? ¿Por qué no estás portando las vestiduras que como hijo del Rey te corresponde portar ante este mundo? ¿Por qué no estás participando en las luchas y batallas que de parte del reino de tu Padre se están librando en esta tierra? Ser hijo del Rey es más que un eslogan para acariciarnos el ego y sentirnos importantes, reconocernos como hijos del Gran Rey es identificarnos con Él y su Reino de todas las batallas y guerras de esta vida hasta que nos llegue la hora de nuestra muerte para entonces sí, ir a celebrar nuestra victoria con glorias eternas en presencia de nuestro Rey y Padre.   

4.- Un Padre con una casa con muchas moradas (Juan 14:2)

En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, Yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros

            Este es uno de esos textos maravillosos que siempre están destilando consuelo para los corazones de los hijos de Dios.

            Una de las cosas que disfrutan los padres es el poder tener consigo a sus hijos, lo contrario también es cierto: una de las cosas que más aflige los corazones de los padres es que sus hijos estén lejos de ellos, aunque por amor a sus hijos no lo expresen, de seguro ellos preferirían tenerlos siempre con ellos. Y con nuestro Padre Dios no es diferente este aspecto, Él tiene una casa tan espléndidamente grande como para recibir en ella a todos sus hijos. Ya muchos hijos han entrado a la casa del Padre, pero la casa aún tiene muchas habitaciones vacías. Día a día, hora a hora, minuto a minuto, entran y entran hijos con una gran sonrisa en sus labios y un indescriptible asombro en sus rostros a la casa del Padre, son escoltados ante la presencia misma del Padre, se escuchan festejos, loores, voces de júbilo y cantos de alabanza, es una perenne celebración, pero muchas moradas aún hay. Llegará un momento en la casa estará llena, con todos los hijos presentes, sin uno solo por fuera, se están preparando todas las cosas para cuando ese momento llegue, cuando eso suceda el Reino del Dios y Padre a casa llena habrá entrado a su etapa definitiva y eterna.

 5.- Un Padre que ama a su Hijo (Juan 5:20) y ama a los que aman a su Hijo (Juan 14:21)

Porque el Padre ama al Hijo…el que me ama, será amado por mi Padre

            Los padres con un corazón sano aman a sus hijos, pero también amán y parecían a los que aman a sus hijos. Así sucede con Dios como nos los muestra estos textos bíblicos.

            La primera manifestación de amor de un padre para con un hijo no tuvo lugar en esta tierra, sino que tuvo lugar desde la eternidad en la experiencia del perfecto y terno amor que el Padre ha tenido para con su eterno, perfecto y unigénito Hijo. Luego, la manifestación del amor filial y paternal en la esfera de la vida humana, no es más que un reflejo de ese elevadísimo y perfecto amor que en la esfera de la divinidad desde siempre ha tenido lugar.

            El Padre ama al Hijo, por ello testifica de ese amor declarando “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17). Le ama con amor eterno e inalterable y por ello entregó todas las cosas en sus manos (Juan 3:35). Le ama y por causa de ese amor le muestra todas las cosas (Juan 5:20). Con ese mismo tipo de amor ha de amar a los otros hijos que decidió adoptar, aquellos que han venido a ser de la familia por causa de haber aprendido a amar (respetar y obedecer) al Hijo. Sin excepción alguna, todos los que aman al Hijo son amados por el Padre. Y este tipo de amor no deja de sorprender ni a los hombres ni a los ángeles.

            Somos amados por nuestro Padre celestial. No solo amados, muy amados en verdad. Pero por causa de que Dios nuestro Padre es eterno e infinito en todo su ser, facultades y cualidades, tenemos que decir entonces que hemos sido eterna e infinitamente amados por nuestro Padre Dios. ¡Gracias sean dadas a Dios por su don inefable!                  

La paternidad de Dios y el Evangelio

            ¿Es Dios tu Padre? ¿Te has asegurado de tener la acreditación de hijo de Dios? ¿Qué cómo se puede estar seguro de ello? Por lo que dicen la misma palabra de Dios, por ejemplo:

 Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo por Él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, pero los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios

(Juan 1:9-13)

            El Señor Jesucristo pagó un precio infinito, uno que ni todos los hombres juntos que han vivido en esta tierra en todos los siglos podrían jamás pagar. Y el Señor lo pago voluntariamente en perfecto acuerdo de amor con el Padre.

Por eso me ama el Padre, porque Yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que Yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre

(Juan 10:17-18)

Que Dios otorgue perdón, reconciliación, y que además adopte como hijos, a hombres y mujeres arruinados por el pecado y merecedores todos del repudio divino y del infierno, es la más grande manifestación de amor que este universo verá jamás en toda su existencia.

Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios

(1Juan 3:1a)

Hoy la palabra del Evangelio de Jesucristo te dice que Dios puede ser tu Padre, ¿cuál será tu respuesta a la divina propuesta?

 

En junio de 2022

Antonio Vicuña.

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lunes, 6 de junio de 2022

SOBRE LA FE



Todos parecen saber lo que es la fe y cuál es su importancia en la vida. Algunos dicen que lo importante es tener fe, sin importar en qué. Otros opinan que todas las personas tienen fe, independientemente de si creen o no en Dios; para ellos la fe es simple confianza que se deposita sobre algo o alguien, sin importar lo que sea; desde este punto de vista tiene fe el político que augura un crecimiento de la economía y pide confianza a los ciudadanos; el educador que instruye a las generaciones del mañana; el médico que prescribe tratamiento a sus pacientes; el estadista que propone los lineamientos a la nación; el brujo que realiza sus inmundicias sobre aquellos que acuden a su lugar de oscuridad; el deshonesto que encubre su fechoría esperando no ser descubierto, etc. Pero, ¿es eso fe?, ¿podemos con propiedad llamar fe a ese tipo confianza? El diccionario de la RAE entre sus múltiples acepciones para la palabra fe, la cual traducen del latín, define la misma como “confianza, el buen concepto que se tiene de alguien o de algo”. Sin embargo ese tipo de fe, si consentimos en llamarla así, es completamente diferente de aquella que se menciona en la Biblia y que nos puede relacionar con Dios y ayudar en nuestro crecimiento como cristianos. Veamos a continuación algunas consideraciones sobre la fe desde la perspectiva bíblica y nuestra relación con Dios. 

En el nuevo testamento, el término “fe” viene del griego “Pistis”, y de acuerdo con el “Diccionario Expositivo de Palabras del Nuevo Testamento” significa: “firme persuasión, convicción basada en lo oído”, y es usada para referirse siempre a la fe en Dios o en Cristo, o a las cosas espirituales. De manera que podemos afirmar que la fe, bíblicamente hablando, es la confianza que se coloca en Dios al confiar en la persona del Señor Jesucristo.

ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE LA FE

1.- Nadie puede creer a menos que Dios se lo conceda

Una de las primeras verdades que destaca sobre la realidad del creer en las páginas de la Palabra de Dios es que el hecho del creer es algo que está relacionado con el obrar de Dios sobre la persona. Es por ello que podemos ver a personas que a pesar de estar hundidas en una vida autodestructiva, cosa de la que son plenamente conscientes, sin embargo, al presentárseles el mensaje del Evangelio y todos los maravillosos cambios que Dios quiere y puede obrar en sus vidas, se niegan a creer y abrazar la oferta de perdón, salvación y reconciliación con Dios.

También se da el caso de personas que parecen estar convencidas mentalmente de la lógica y de la conveniencia del evangelio, pero sin embargo, aún así,  no pueden creer. Sucede con ellos algo semejante a lo que mencionó el apóstol Pablo de aquellas mujeres que “…siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad” (2 Timoteo 3:7).

Por lo que una de las primeras cosas de las que debemos estar convencidos porque así nos lo presenta la Palabra de Dios es que la fe y el creer nacen y se originan en Dios quien es el que toma la iniciativa en todas las cosas que tienen que ver con la salvación y restauración de nuestras vidas. Dios siempre es quien da el primer paso. Veamos algunos textos bíblicos que nos lo confirman:  

Ninguno puede venir a Mí, si el Padre que me envió no le trajere; y Yo le resucitaré en el día postrero…ninguno puede venir a Mí, si no le fuere dado del Padre

(Juan 6:44,65)

…orad por nosotros…para que seamos librados de hombres perversos y malos; porque no es de todos la fe

(2Tesalonicenses 3:2)

…el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad…

(2Timoteo 2:24-25)

2.- Lo que no es la fe bíblica.

            Consideremos ahora en primer lugar lo que no es la fe bíblica. Esto es de suma importancia en nuestros días porque desde hace algunos años la iglesia del Señor ha estado sufriendo mucho por causa de enseñanzas heréticas e ideas y pensamientos antibíblicos sobre lo que es la fe y su lugar en nuestro vivir.

- El optimismo aunque sea sincero y de corazón no es fe. En nuestros tiempos se suele confundir la fe con el optimismo, y se piensa equivocadamente que el hijo de Dios, mientras más fe tenga, más risueño y optimista debe ser. Una persona puede poseer una actitud de optimismo ante la vida, de esperanza y confianza permanente, y, no obstante, eso no le hace una persona de fe. Más aún, tales actitudes ni siquiera le ayudan a conocer mejor a Dios. ¿Por qué? Porque el conocimiento de Dios es algo de carácter espiritual y sobrenatural (y no queremos parecer místicos ni asemejarnos en nada a aquellas sectas plagadas de engañosos misterios y ocultos rituales) y el corazón nuestro es definitivamente engañoso y no digno de confiar. Así lo dice la Palabra de Dios:

Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso

(Jeremías 17:9)

            Quizá le sorprenda saber que algunos de los más grandes hombres y mujeres de fe sufrían a menudo de depresión, tanto de los que encontramos en la Biblia como de los que han formado parte de las filas más gloriosas y victoriosas de la Iglesia del Señor en esta tierra. Para terminar este punto, solo quiero decir que una persona puede ser muy entusiasta, positiva, animosa, emprendedora y optimista, y no obstante todo ello, carecer de fe, y tener serios problemas para confiar y descansar en Dios. 

- La fe no es ningún puente o imán para traer cosas del mundo espiritual al mundo material. Eso lo podemos dejar para los films de ciencia ficción y afines. La fe no tiene nada que ver con un pensamiento o deseo que se tenga que visualizar para que se materialice. Eso es brujería y metafísica pero no es fe bíblica ni cristiana. La fe no tiene que ver con nada de eso de incubar en el mundo espiritual, con eso de crear la realidad que deseamos para nuestras vidas, con eso de atraer salud, prosperidad, libertad financiera y demás por estar repitiendo las cosas positivas que deseamos para que se hagan realidad. NO. Definitivamente no. Eso no es bíblico ni escritural, eso es del campo del ocultismo, pero no del Evangelio bendito de Jesucristo. La fe tampoco tiene que ver con todo ese mercantilismo obsceno de “pacta con Dios para que recibas”, una manipulación inmoral de una promesa bíblica que muchos utilizan a su conveniencia para sacar dinero de aquellos que piensan que Dios bendice y prospera sin tomar en consideración el carácter y la condición espiritual de las personas.

Pero no oyeron, ni inclinaron su oído, antes se fueron cada uno tras la imaginación de su malvado corazón

(Jeremías 11:8)

- La negación de la realidad no es fe. Ya sea por temor, o ya sea por un mal entendimiento de la fe y el vivir para Dios, muchísimas personas, incluido mucho pueblo de Dios prefiere evitar decir con su boca situaciones negativas. Ya sea de salud, de posibles fracasos, de pérdidas, riesgos de muerte, u otros. En ese sentido muchas veces actuamos más como supersticiosos que como bendecidos y confiados hijos de Dios. Un miedo muy fuerte está presente en los corazones de muchos hijos de Dios que les lleva a conducirse de manera supersticiosa en sus vidas. Con miedo a decir ciertas cosas para evitar que se puedan hacer realidad. Con miedo a declarar ciertas cosas no vaya a ser que esas palabras de alguna manera llamen y hagan real esas cosas que no queremos. Eso no es fe. Eso es superstición. El llamado de la palabra de Dios para nuestras vidas hoy es a que no seamos supersticiosos, sino a que seamos bíblicos.

El más fuerte ejemplo en este sentido lo encontramos en nuestro glorioso Señor y Salvador Jesucristo, quien no tuvo problema en declarar con sus labios la realidad de lo que sentía ante los sufrimientos que se le avecinaban. Si nos fuese concedido el poder estar presentes aquella noche en Getsemaní y poder preguntarle al Señor: ¿Maestro como estás, cómo te sientes?, muchos se sorprenderían de la respuesta del Señor, pues de seguro no diría “en victoria”, ni “excelente”, ni nada parecido. De hecho, su respuesta fue: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Mateo 26:38). En otra oportunidad, cuando el Señor habló sobre su muerte futura, expresó: “...de un bautizo tengo que ser bautizado, y cómo me angustio hasta que se cumpla” (Lucas 12:50).

Negar la realidad no es fe. Negarnos a aceptar aquellas cosas que nos afectan negativamente no es fe. Lo contrario es la fe…

Pablo va a predicar a pesar de que tiene los ojos severamente afectados por una enfermedad (Gálatas 4:13), eso es fe; Timoteo continúa con su labor pastoral a pesar de sus frecuentes enfermedades estomacales (1Timoteo 5:23), eso es fe; los ancianos de las iglesias oran y ungen con aceite a los enfermos en obediencia a la Palabra de Dios esperando que estos sanen (Santiago 5:14), eso es fe; una terrible hambre ha azotado a un grupo de hermanos, la Escritura no dice que la iglesia proclamó una palabra desatando prosperidad, pero si dice que reunieron una esforzada ofrenda para socorrer a los hermanos en su necesidad (Romanos 15:26), eso es fe.

3.- Lo que sí es la fe bíblica.

Lo primero que diremos es que la fe verdadera, la fe bíblica, nace, se ejercita y descansa en la Persona y carácter de Dios. Es una confianza que nace, se sostiene y se deleita en la persona de Dios, su carácter y voluntad.

Al considerar varios de los textos bíblicos en que se habla de la fe en distintas aplicaciones y escenas del vivir cristiano, podemos también decir que la fe…

-          Es un don de Dios (Efesios 2:8).

-          Es un regalo particular de Dios (Romanos 12:3).

-          Es fruto del Espíritu Santo (Gálatas 5:22).

También diremos que la fe es una cualidad espiritual que sólo los creyentes poseen y que es susceptible de ser afectada por diversos factores, de tal modo que puede debilitarse o fortalecerse (Romanos 4:19-20).

Aunque la fe puede crecer, lo importante es que sea sana y genuina. Es lo que muestra la respuesta que el Señor dio a sus discípulos cuando le pidieron “auméntanos la fe”, y les respondió “si tuvieres fe como un grano de mostaza, podríais decir a este sicomoro: Desarráigate, y plántate en el mar; y os obedecería” (Lucas 17:5-6).

En el evangelio de Mateo esta el elogio que el Señor dispensó a una atribulada mujer extranjera por razón de su fe: “oh mujer grande es tu fe” (Mateo 15:28).

Y en el evangelio de Lucas está el elogio que el Señor expresó de la fe de un centurión romano “Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe” (Lucas 7:1-9).

La fe bíblica descansa en Jesucristo (el autor y consumador de la fe. Hebreos 12:2), en la bendita cruz de Cristo que ya no es emblema de maldición, sino de salvación, de amor, de esperanza, de poder, de oportunidad, de reconciliación, emblema de la gracia de Dios.

La fe bíblica glorifica a Dios: lo que no proviene de fe es pecado (Romanos 14:23).

La fe bíblica agrada a Dios; le honra; es motivo para su alabanza; pero es, a todas cuentas una cualidad profundamente personal, que surge del hecho de conocer a  Dios; de ese encuentro que tiene el alma con Dios, que le lleva a confiar y creer, a maravillarse y  gozarse en la fidelidad y el amor de Dios. Es fe en Dios, en Cristo, y no mera fe en la fe, ni fe en las palabras, ni siquiera fe en la “promesa reclamada” ante Dios, nada de eso. La fe no descansa en algo que usted y yo podamos decir, repetir, proclamar, o hacer, la fe descansa únicamente en Dios y sus atributos, en Dios y su poder, en Dios y su eterna e inquebrantable fidelidad, la fe descansa sólo en Dios.

4.- Las palabras y la fe (Santiago 2:14-17)

 Hoy escuchamos a menudo expresiones como “sus palabras tienen poder”, o “lo que confiesas recibes”, o “con nuestras palabras somos los arquitectos de nuestro destino”, y otras semejantes. Desde que los metafísicos comenzaron con eso generación a generación lo repite, tanto,  que ya casi todo el mundo lo cree, inclusive muchos de los que se dicen ser cristianos evangélicos  afirman cosas similares: declara bendición, confiésalo y recíbelo; lo que pronuncias con tus palabras desencadena un poder en el mundo espiritual que luego se cristaliza en el mundo material; usted con sus palabras crea la presencia de Dios; desata la bendición y la presencia de Dios, y muchas otras locuras semejantes. Pero ¿Ha leído usted en alguno de los evangelios que el Señor Jesús haya enseñado eso? O ¿Ha leído en alguna de las cartas de de los apóstoles que ellos enseñasen eso? La única manera de llegar a justificar tales declaraciones que atribuyen poder creativo a nuestras palabras es malinterpretando algunas pocas citas de la Palabra de Dios e ignorando intencionalmente muchísimas otras citas que expresan la imposibilidad de entender las primeras pocas de esa manera.  

Las palabras ciertamente son un vehículo para expresar nuestras convicciones y pensamientos, nuestras ideas y consideraciones, sirven para expresar nuestra fe, pero a la luz de la Biblia nuestras palabras carecen de poder creador sobrenatural. Dicho más llanamente: nuestras palabras no tienen poder, por una razón muy simple: nosotros tampoco tenemos poder. Sólo Dios tiene poder, por ello uno de sus nombres es el Señor Omnipotente. Y por cuanto Él es dueño del poder, sólo sus Palabras son palabras de poder, y por ello sólo Él tiene la capacidad de ordenar, decretar e influir activamente sobre las circunstancias y destino de todos los hombres.

            ¿Significa esto que no existe diferencia entre las palabras pronunciadas por un creyente y un no creyente? En cierto sentido no existe ninguna diferencia, pero en otro sentido existe toda la diferencia posible. Las palabras de alguien que cree y honra con su vivir a Dios brotan de un alma que vive en la luz, mientras que las otras brotan de un alma en tinieblas; unas brotan de un corazón que ha sido lavado y purificado de su pecado e inmundicias, mientras que las otras proceden de un corazón que no puede librarse de las manchas de sus pecados; las unas brotan de un alma que ha comenzado a conocer a Dios mientras que las otras brotan de una que no le conoce en absoluto.

Las palabras del creyente son diferentes porque surgen de un conocimiento real e intimo de Dios, y como tal reflejarán siempre convicciones que son forjadas en el crisol de la comunión y trato con Dios en las diversas circunstancias de la vida.

Es hora de que los que en un momento creímos que la clave estaba en las palabras y en las confesiones de nuestra boca, demos un paso hacia la madurez y hacia la verdadera honra de la palabra de Dios y del ministerio del Espíritu Santo, y entendamos que, más que confesiones y palabras, nuestro Señor y Dios desea un corazón fervoroso y dispuesto para Él.

Existe algo más importante que el hablar y que precede y determina la realidad de nuestras palabras: el creer. La Escritura dice: “creí, por lo cual hablé.” (2Corintios 4:13). Muchas personas hablan sin creer, hablan como supersticiosos esperando que algo suceda como resultado de su confesión. Pero el creyente que habla en fe, lo hace como resultado de la seguridad y confianza que ya ha encontrado en Dios, a quien conoce y ama y de quien recibe también seguridad y amor.    

5.- Nuestra fe y nuestra expectativa ante el regreso del Señor

¿Cuando venga el Hijo del hombre hallará fe en la tierra?

(Lucas 18:8)

            Cuando miramos hacia el pasado, sea que lleguemos hasta el momento mismo del inicio de la creación y el mundo, el evento más importante en todo el tiempo pasado es la muerte y resurrección del Señor Jesucristo. Y cuando consideramos el tiempo por venir, el futuro, el evento próximo más importante será el regreso del Señor Jesucristo. Y en verdad todos los que somos creyentes debemos tratar de concebir nuestro proyecto de vida a la luz de su inminente regreso, esto por muchas razones que en esta oportunidad no podremos ni siquiera mencionar. Me temo, sin embargo, que quizá muchos creyentes serán levantados para el encuentro con su Señor (en el arrebatamiento) siendo llevados como el niño que no quiere dejar sus juguetes y entretenimiento para ir a saludar a su papá quien ha venido a buscarle.

Imagino que tal vez podrían decir cosas tales como:

-          Señor llegaste y estaba esperando un trabajo que me hiciera feliz…

-          Señor llegaste y estaba esperando adquirir algunas cuantas posesiones…

-          Señor llegaste y estaba esperando el matrimonio de mis hijos

-          Señor llegaste y estaba esperando volverme un exitoso...

-          Señor llegaste y estaba esperando comenzar a disfrutar de la vida...

Pero yo quiero encontrarme en el grupo de aquellos que le dirán: Señor, al fin  llegaste, te estaba esperando, aunque sabía que no tardarías mucho, se me hizo larga la espera, Señor y Dios mío, pero al fin regresaste por mí, y te doy muchas gracias Señor.

6.- Vivamos una vida de fe

- Aguardando la manifestación y venida de Nuestro Señor Jesucristo. No es completa y provechosa fe aquella que no aguarda por su venida.

- Perseverando en las Escrituras, la oración, y el congregarse. No es verdadera fe aquella que no se relaciona con Dios por medio de las Escrituras, la oración y el congregarse fielmente.

- Haciendo todo con la conciencia de que daremos cuenta a Dios por cuanto hagamos. La vida de fe consiste en tener conciencia de que todo cuanto hagamos podemos hacerlo para la gloria de Dios, buscando honrar su nombre, tratando de que su propósito y voluntad se cumplan en nosotros para gloria de Su Nombre, y salvación de los que nos rodean.

- Llevando una vida santa y diferente a como viven las personas que no conocen a Dios. La fe que honra a Dios no es la que nos permite vivir como queramos o mejor que las personas que no conocen a Dios, sino que la fe que honra a Dios es la que nos lleva a vivir con un estilo de vida diferente al propuesto por el mundo y la sociedad en que vivimos; es la que nos permite vivir yendo en pos de valores imperecederos y eternos, en pos de riquezas que no pueden ser perdidas, y en pos de una vida que no se marchitara jamás.

- Buscando llevar más y más fruto para Dios. Procuremos llevar fruto entre quienes nos rodean, en nuestra familia, en nuestra iglesia.

La vida de fe es una vida, no de proclamar y declarar, sino, una vida de amistad e intimidad con Dios; una vida de cercanía con Dios; una vida de vulnerabilidad y humildad ante Dios; una vida de descanso en el amor y la fidelidad de Dios.

 

En junio de 2022

Antonio Vicuña

 

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