miércoles, 28 de junio de 2017

ATRIBUTOS DE DIOS: IRA


"El trueno declara su indignación, y la tempestad proclama su ira contra la iniquidad"
(Job 36:33) 

“La ira de Dios es su eterno aborrecimiento de toda injusticia. Es el desagrado en indignación de la rectitud divina ante el mal. Es la santidad de Dios en acción contra el pecado” 
(A. W. Pink)

   Las Escrituras no hacen el más leve intento de ocultar la realidad de la ira de Dios como uno de sus atributos presentes en su carácter. Bastaría para probar este aspecto considerar, entre otros pasajes bíblicos, 2Reyes 17:6-23 Ezequiel 7:1-14, 21:1-17, para convencernos del claro anuncio de la Escritura de este olvidado atributo de Dios (le invito a dar lectura a estos pasajes antes de continuar con esta publicación). Por otro lado, tenemos que asumir por entero que este aspecto es tan digno, noble y santo como todos los demás, por lo que Dios no se avergüenza en modo alguno de proclamar su ira como algo digno de admiración, temor y consideración. Él Proclama:

Ved ahora que Yo, Yo soy, y no hay dioses conmigo; Yo hago morir, y Yo hago vivir; Yo hiero, y Yo sano; y no hay quien pueda librar de mi mano. Porque Yo alzaré a los cielos mi mano, y diré: Vivo Yo para siempre, si afilare mi reluciente espada, y echare mano del juicio, Yo tomaré venganza de mis enemigos, y daré la retribución a los que me aborrecen” 
(Deuteronomio 32:39-41)

   El salmista anuncia con su canto inspirado:

Dios es juez justo, y Dios está airado contra el impío todos los días. Si no se arrepiente, él afilará su espada; armado tiene ya su arco, y lo ha preparado. Así mismo ha preparado armas de muerte, y ha labrado saetas ardientes…Alabaré al Señor conforme a su justicia, y cantaré al nombre del Señor Altísimo” 
(Salmo 7:11-13, 17)

   Y en siglo primero de nuestra era, el apóstol Pablo, el teólogo más prominente del Nuevo Testamento, proclama:

…la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda injusticia e impiedad de los hombres que detienen con injusticia la verdad… ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción?…” 
(Romanos 1:18, 9:22)

   La ira es un aspecto del ser de Dios tan importante y relevante como su santidad y su divina determinación. No es casual el hecho de que se haga mención de la ira de Dios juntamente con una palabra de juramento divino por causa de que su santidad ha sido despreciada. En la Escritura no abundan las ocasiones en donde vemos a Dios realizando juramentos, realmente son muy contadas las ocasiones en que tal evento tiene lugar. La primera vez que acontece es como manifestación de agrado por la obediencia perfecta de Abraham:

…por mí mismo he jurado, dice el Señor, que por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo; de cierto te bendeciré…” 
(Génesis 22:16-17)

   Pero en otras ocasiones donde vemos a Dios jurando el acompañante del juramento es su ira: 

Y oyó el Señor la voz de vuestras palabras, y se enojó, y juró diciendo: No verá hombre alguno de estos, de esta mala generación, la buena tierra que juré que había de dar a vuestros padres…” 
(Deuteronomio 1:34)

Por tanto juré en mi furor que no entrarían en mi reposo” 
(Salmo 95:11)

   Y este aspecto es tan importante que en el Nuevo Testamento el autor de la carta a los Hebreos dedica una amplia atención a este hecho al exhortar a los creyentes a no tomar a la ligera su relación con Dios (Hebreos 3:16-4:11).

   La ira de Dios es un tema siempre presente en los anuncios de los propósitos de Dios y tendrá su clímax en el tiempo de los juicios finales que han de derramarse sobre la tierra y sus habitantes. Como suele suceder con muchos de los aspectos relacionados con la manifestación de Dios y sus propósitos, la ira de Dios se presenta en las Escrituras estando presente a lo largo de la historia humana y envuelta en una dinámica de progreso en el tiempo. Los tiempos finales de la civilización antagonista y rebelde a la autoridad de Dios serán también los tiempos de la más amplia y terrible manifestación de la ira de Dios sobre la tierra. 

En la predicación de Juan el bautista, en el incipiente inicio de la era cristiana, vemos que la ira de Dios está presente en su mensaje:

Al ver que muchos de los fariseos y de los saduceos venían a su bautismo, les decía: ¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?” 
(Mateo 3:7)

   Pero también en la predicación de Pablo, en tiempos donde la iglesia y el cristianismo se hallaban establecidos y en plena expansión por el mundo,  se hace mención de la ira de Dios en su predicación:

…cómo os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo  y verdadero, y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera” 
(1Tesalonicenses 1:9-10)

   Y en Apocalipsis, el libro donde vemos confluir y desembocar los propósitos de Dios que han estado en progreso a través de la historia y el santo Libro,  encontramos la más gráfica descripción de lo que la ira de Dios causará en el corazón de los enemigos de Dios:

Miré cuando se abrió el sexto sello, y he aquí hubo un gran terremoto; y el sol se puso negro como una tela de cilicio, y la luna se volvió toda como sangre; y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra…y el cielo se desvaneció como un pergamino que se enrolla; y todos los reyes de la tierra, y los grandes, los ricos, los capitanes, los poderosos, y todo siervo y todo libre, se escondieron en las cuevas y entre las peñas de los montes; y decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero; porque el gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie?” 
(Apocalipsis 6:12-17)

   La ira de Dios manifestará  la venganza anunciada y prometida de parte de Dios para quienes, sin mostrar arrepentimiento alguno, le resisten y adversan. Este es un tema de muy larga data en el texto bíblico: Dios tomará venganza de sus enemigos, justa venganza, santa y noble venganza, y en ese actuar vengativo su ira estará presente matizando su santo y justo proceder. 

…si afilare mi reluciente espada, y echare mano del juicio, Yo tomaré venganza de mis enemigos, y daré la retribución a los que me aborrecen. Embriagaré de sangre mis saetas, y mi espada devorará carne; en la sangre de los muertos y de los cautivos, en las cabezas de larga cabellera del enemigo. Alabad, naciones, a su pueblo, porque el vengará la sangre de sus siervos, y tomará venganza de sus enemigos, y hará expiación por la tierra de su pueblo” 
(Deuteronomio 32:41-43)

   El anuncio entre los profetas de la ira y la venganza de Dios es dramáticamente emotivo a la vez que sobrecogedor en grado sumo:

¿Quién es éste que viene de Edom, de Bosra, con vestidos rojos? ¿Éste hermoso en su vestido, que marcha en la grandeza de su poder? Yo, el que hablo en justicia, grande para salvar. ¿Por qué es rojo tu vestido, y tus ropas como del que ha pisado en lagar? He pisado yo solo el lagar, y de los pueblos nadie había conmigo; los pisé con mi ira, y los hollé con mi furor; y su sangre salpicó mis vestidos, y manché todas mis ropas. Porque el día de la venganza está en mi corazón, y el año de mis redimidos ha llegado .Miré, y no había quien ayudara, y me maravillé que no hubiera quien sustentase; y me salvó mi brazo, y me sostuvo mi ira. Y con mi ira hollé los pueblos, y los embriagué en mi furor, y derramé en tierra su sangre
(Isaías 63:1-6)

   Su ira es motivo de júbilo y alabanza entre los que le adoran en los cielos y en la tierra:

Después de esto oí una gran voz de gran multitud en el cielo, que decía: ¡Aleluya! Salvación y honra y gloria y poder son del Señor Dios nuestro; porque sus juicios son verdaderos y justos…ha vengado la sangre de sus siervos…” 
(Apocalipsis 19:1-3)

   Finalmente, los que hoy por hoy somos creyentes debemos dar sentidas gracias a Dios de que Él no nos haya puesto para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo (1 Tesalonicenses 5:9); y todos aquellos que aún no se han decidido a dar el lugar de autoridad que corresponde a Dios en sus vidas reconociendo que han estado quebrantando sus principios e ignorando sus propósitos, hoy es un buen tiempo para comenzar el viaje a la casa del Padre, dispón tu corazón y voluntad para reconciliarte con Dios hoy, antes de que termine la bonanza y su ira comience a manifestarse para justa retribución y castigo... 

Antonio Vicuña.
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lunes, 19 de junio de 2017

Autoridad Política y Cristianismo


   En su epístola a los creyentes de Roma el apóstol Pablo dedica un breve pero significativo paréntesis al tema de la autoridad política o civil y la relación del creyente con la misma. Es posiblemente una de las porciones más claras y explicitas sobre el tema en todo el Nuevo Testamento o probablemente de toda la Biblia. La introducción del tema es abrupta y enfática:

Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos” 
(Romanos 13:1-2). 

   En condiciones normales de gobierno y de la administración de justicia en la sociedad este texto bíblico no causaría ningún tipo de dudas. Por qué razón alguien pensaría en resistir y desconocer a la autoridad establecida si esta cumple con sus necesarios fines, los cuales el mismo apóstol mencionará más adelante en su exposición. Pero cuando la causa del conflicto es precisamente la censurable y cuestionable actuación de aquellos que están en autoridad, surgen las preguntas: ¿Hasta cuando se le debe respeto y sujeción a esta envilecida autoridad? ¿Debo como buen cristiano guardar silencio y soportar los abusos? ¿Es bíblico y cristiano cuestionar y pedir rendición de cuentas a la autoridad establecida? Preguntas como estas y otras semejantes surgen en la mente de muchos creyentes y, por diversas razones no pocas veces la conciencia no logra con tranquilidad abrazar una satisfactoria respuesta a las mismas. Permítame expresar algunos pensamientos al respecto.

   En primer lugar este es un tema capital, delicado y esencial, en el que nos conviene tener la más amplia y sólida claridad por causa de las implicaciones prácticas para nuestro vivir y por causa de la conciencia, con la que nos relacionamos con nuestros semejantes delante de Dios a quien servimos. Cuando la autoridad pública reconocida se pervierte (lo cual tristemente suele suceder) actuando de manera injusta y abusiva,  mostrándose además renuente a rectificar en su desvirtuado proceder, debemos entender que ha llegado la hora de enfrentarle y, desde todos los medios que la justicia, la moral y el poder individual y colectivo permiten, confrontar y exigir su rectificación o dimisión. En tal situación lo que está en juego es el soporte mismo de la vida: la justicia y la libertad, dones irrenunciables de la experiencia humana en comunidad, que terminarán asfixiados y anulados por completo si no se confronta y corrige el mal proceder del que está en autoridad. Ninguna autoridad pública está exenta de rendir cuenta de su actuación y de sujetarse en todo sentido a los parámetros coercitivos positivos y universales de la moral y la justicia, máxime cuando las mismas leyes que le concedieron dicha investidura (ser autoridad) así lo establece y demanda.  

Los cristianos y la autoridad pública civil.

   “¿Quieres, pues, no temer a la autoridad? Haz lo bueno y tendrás alabanza de ella” Escribió el apóstol Pablo a los creyentes de Roma (Romanos 13:3b). Evidentemente Pablo se expresa en términos ideales, concibiendo el ejercicio de la autoridad en el marco de la justicia y el armónico funcionamiento de la sociedad. Dentro del predio de la autoridad civil Pablo concibe y acepta que incluso el derecho de imponer la pena capital puede ser justo y necesario (Romanos 13:4) cuando es ejercido para castigar al que hace lo malo. Pero, y he aquí el dilema actual de muchos creyentes, cuando los que hacen lo bueno en lugar de alabanza reciben de aquellos que están en autoridad maltratos, vejaciones y amenazas de distinta índole, ¿Es necesario, justo y bíblico estarle sujetos? Volviendo a lo planteado por el apóstol Pablo encontramos que la autoridad es un servidor de Dios para el bien de la comunidad, servidor comisionado para alabar al que hace lo bueno y para castigar al que hace lo malo; servidor que en condiciones normales habría de infundir temor, no al que hace lo bueno, sino al que hace lo malo (Romanos 13:3a). Por lo que, cuando en la dinámica de comunidad la autoridad reconocida se corrompe a tal punto, que todos los anteriores aspectos están invertidos (se alaba al malo, se castiga al justo, los perversos están a sus anchas mientras que los decentes están siendo amenazados, etc), entonces se debe asumir sin dudas de ningún tipo que se está frente a una usurpación del mal en la autoridad pública, y el mal (la maldad, la injusticia, el pecado, la corrupción, el vicio y la degradación moral en todos los  sentidos) debe ser enfrentado y combatido en todos los campos donde se manifieste si hemos de cumplir con nuestro rol en la vida y la sociedad; rol por cierto que nos es asignado por Dios mismo, como también la autoridad civil debería servir a Dios al servir a los intereses de la justicia (Romanos 13:4).

Justicia y política

   La política es lo que estructura la sociedad en que vivimos, no podemos escapar de ello, no en este tiempo nuestro donde la sociedad está organizada, reglamentada y estructurada de acuerdo con las convenciones políticas alcanzadas por los consensos de las voces que son mayoría. Ahora bien, el asunto de la justicia trasciende por mucho el campo y concepto de la política, y todos los ciudadanos, aunque no hagamos vida política pública, estamos obligados a pronunciarnos y tomar partido en la lucha de la justicia en nuestra sociedad. Nuevamente debo citar al apóstol Pablo quien expresó que los creyentes debían atender responsablemente todos los aspectos de la vida comunitaria y social, esto es, pagando sus tributos e impuestos y mostrando respeto y honra para aquellos que están en cargos que demandan tal reconocimiento, tales asuntos son de “obligación cristiana” si se me permite usar esa expresión. Por supuesto hay muchas obligaciones que son incumplidas por entero en la vida: padres que no asumen sus obligaciones, esposos que no asumen sus obligaciones, trabajadores que no asumen sus obligaciones, estudiantes que no asumen sus obligaciones, etc. Pero en esta crisis política y de justicia que vive nuestra nación, todos nosotros, como ciudadanos, como creyentes (si lo somos), como hombres y mujeres de bien, como integrantes de este tejido social nacional en el que vivimos, debemos asumir nuestra obligación, aquella que en todo momento tenemos, pero que especialmente esta hora crítica demanda, y debemos hacer frente a la injusticia desbordada que nos quiere robar la esperanza y la posibilidad real de poder vivir en una más justa, sana y equilibrada sociedad.

¿Dónde puedo y debo levantar mi voz a favor de la justicia?

   Todos tenemos un espacio de acción y de influencia, una voz que hacer escuchar, una voluntad y fuerza que sumar, no olvidemos que las pequeñas cosas generalmente hacen grandes diferencias. La singular actitud del avestruz (esconder su cabeza) es completamente inaceptable para quien quiera que habite en este país y tenga un mínimo de formación y capacidad de acción. No actuar pudiendo hacerlo es inmoral, no hablar pudiendo hacerlo también lo es. La pasividad tiene muchas caras y formas de manifestarse. El que sabe hacer el bien y no lo hace le es contado por pecado, afirma la sentencia bíblica en Santiago 4:17. Es muy cómodo dejar que otros sean los que definan, los que luchen, los que peleen, los que discutan, los que convenzan, los que forcejeen…mientras nosotros esperamos los resultados para entonces sí disfrutar de lo bueno que puedan traer los mismos. 

   Especialmente los cristianos debemos levantar nuestra voz en oración delante de nuestro Señor y Dios pidiendo que en su fidelidad intervenga y quebrante el brazo y la fuerza de los opresores. Rogar que su poder quebrante el cercado y opresión de la injusticia. Pedir que venga el reino de Dios y su justicia a nuestro contexto de nación. Pedir que los enemigos de la justicia, los enemigos de Dios sean avergonzados y humillados, especialmente aquellos que apoyándose en la hechicería y el ocultismo, prestan su apoyo al propósito del mal. Pero nuestra obligación cristiana no termina en la oración. También tenemos la obligación de pronunciarnos como voceros de la justicia en la sociedad, fijando posición en los dilemas actuales y denunciando y atacando los males morales y humanos que nos asedian y afectan y que por su perniciosa presencia operan como células malignas con potencial mortal en el país en que vivimos. Aún más, estamos obligados a involucrarnos en todos los asuntos de la vida pública y social que definen y caracterizan la estructura de la sociedad, sino, ¡¿De qué otra manera podemos ser cabalmente luz del mundo en que vivimos?! Nuestro lugar es el templo pero también la calle; nuestro ruego es el de la oración privada pero también el de la exhortación pública; nuestro accionar es el anónimo que ayuda al necesitado sin esperar reconocimientos, pero también el que pública y decididamente se compromete en organizados esfuerzos ciudadanos por la causa del bien y la justicia social. 

   La iglesia de Cristo no solo es la misionera desconocida, ajena al mundo secular y el entramado político-social, es también la Ester que debe disponerse a asumir su rol de participación en la vida pública y social levantando su voz por el bien de mucho pueblo. 
   
Antonio Vicuña.

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viernes, 9 de junio de 2017

LLUEVA, TRUENE O RELAMPAGUEE


El Señor es bueno, fortaleza en el día de la angustia; y conoce a los que en él confían
(Nahúm 1:7)

   Una joya de frase, exquisita y dulce, consoladora y esperanzadora, pero que no obstante ello,  está inserta en un contexto dramático y tempestuoso. Esta frase del profeta Nahúm es algo así como un nítido y esplendoroso arcoíris entre cielos borrascosos y tormentosos. Consideremos el contexto…

   “Jehová es Dios celoso y vengador; Jehová es vengador y lleno de indignación; se venga de sus adversarios, y guarda enojo para sus enemigos. Jehová es tardo para la ira y grande en poder, y no tendrá por inocente al culpable. Jehová marcha en la tempestad y el torbellino, y las nubes son el polvo de sus pies. El amenaza al mar, y lo hace secar, y agosta todos los ríos; Basán fue destruido, y el Carmelo, y la flor del Líbano fue destruida. Los montes tiemblan delante de él, y los collados se derriten; la tierra se conmueve a su presencia, y el mundo, y todos los que en él habitan. ¿Quién permanecerá delante de su ira? ¿Y quién quedará en pie en el ardor de su enojo? Su ira se derrama como fuego, y por él se hienden las peñas. Jehová es bueno, fortaleza en el día de la angustia; y conoce a los que en él confían. Mas con inundación impetuosa consumirá a sus adversarios, y tinieblas perseguirán a sus enemigos. ¿Qué pensáis contra Jehová? El hará consumación; no tomará venganza dos veces de sus enemigos. Aunque sean como espinos entretejidos, y estén empapados en su embriaguez, serán consumidos como hojarasca completamente seca”.

   Consideremos brevemente a continuación las tres frases que conforman el verso que hoy nos ocupa: 

1.- Jehová es bueno (El Señor es bueno):

   He aquí una frase que puede servir de fundamento para toda una vida. Tan sólida, permanente y estable como todo el ser de Dios de quien hace referencia. 
¡El Señor es bueno!  Si tan solo podemos recordarlo en todo tiempo…si tan solo podemos recordarlo creerlo en toda circunstancia…si tan solo podemos consolarnos y alentarnos con ello en todo quebranto...
   
   Así lo expresó David en el Salmo 34:8 cuando dijo: “Gustad, y ved que es bueno Jehová; dichoso el hombre que confía en él”. Frase que podemos entender como una ferviente invitación a comprobar en la experiencia personal la maravillosa realidad de la bondad de Dios para con aquellos que le toman en cuenta en su vivir.

2.- Fortaleza en el día de la angustia:
   
   Porque no obstante su preciosa y permanente bondad, es inevitable que veamos días de angustia; estos, aunque indeseados y temidos, forman parte del paquete total que es la vida.
   
   En el Salmo 71 leemos:

“Oh Dios, me enseñaste desde mi juventud,
Y hasta ahora he manifestado tus maravillas.
Aun en la vejez y las canas, oh Dios, no me desampares,
Hasta que anuncie tu poder a la posteridad,
Y tu potencia a todos los que han de venir,
Y tu justicia, oh Dios, hasta lo excelso.
Tú has hecho grandes cosas;
Oh Dios, ¿quién como tú?
Tú, que me has hecho ver muchas angustias y males,
Volverás a darme vida,
Y de nuevo me levantarás de los abismos de la tierra.
Aumentarás mi grandeza,
Y volverás a consolarme”.

     Y en uno de los libros del profeta Jeremías:

                                         “Bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová.

Bueno le es al hombre llevar el yugo desde su juventud.

Que se siente solo y calle, porque es Dios quien se lo impuso;
Ponga su boca en el polvo, por si aún hay esperanza;
Dé la mejilla al que le hiere, y sea colmado de afrentas.
Porque el Señor no desecha para siempre;
Antes si aflige, también se compadece según la multitud de sus misericordias;
Porque no aflige ni entristece voluntariamente a los hijos de los hombres”.


   El asunto no es evadir los problemas, males y angustias, muchísimas veces esto no es posible, pero el asunto medular y siempre posible para los que creen en Dios es que siempre será posible hacer de él, esto es, encontrar en él, en su Palabra, presencia y poder, nuestra fortaleza en tiempos de angustia. 

3.- Y conoce a los que en él confían:

   No podía ser de otra manera, solo esto es digno de Dios; triste sería lo contrario: que Dios no se diera por enterado de quienes son los que confían y esperan en él. Pero este aspecto (el Señor conoce a los que confían en él) es tan seguro y patente en las Escrituras que, hasta delante del mismo Satanás, vemos al Señor expresar con satisfacción “…nos has considerado a mi siervo Job…” (Job 1:8, 2:3). 

   Que el Señor conoce a los suyos, y dentro de los suyos conoce a los que en él confían, es pues, asunto fuera discusión, es algo que afirma y reafirma la Escritura de muchas formas y maneras; “Yo conozco tus obras y tu arduo trabajo y paciencia…conozco tu tribulación y tu pobreza…conozco donde vives…conozco tu amor, fe, servicio y paciencia…conozco que tienes nombre de que vives pero estas muerto...conozco tus obras…que aunque tienes pocas fuerzas, has guardado mi palabra y no has negado mi nombre…conozco tus obras…se pues celoso y arrepiéntete…” le dice a todas sus iglesias en Apocalipsis 2 y 3. 

   Es tiempo de confiar verdaderamente en Dios, son dichosos los que en el Señor confían (Salmo 84:12).

   En Junio de 2017, Antonio Vicuña.

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sábado, 3 de junio de 2017

ATRIBUTOS DE DIOS: AMOR


En la Escritura encontramos tres afirmaciones principales sobre el ser de Dios. Las encontramos en el Nuevo Testamento  y fueron enunciadas por el apóstol Juan y son sumamente expresivas. En la primera Juan nos dice que “Dios es espíritu” (Juan 4:24); en la segunda nos dice que “Dios es Luz” (1Juan 1:5), y en la tercera y última afirmación nos dice que “Dios es amor” (1Juan 4:8). Es sobre esta última afirmación de Juan que nos ocuparemos en esta breve reflexión sobre los atributos de Dios.

Cuando la Escritura manifiesta que “Dios es amor”, revelando así que el amor es uno de sus atributos esenciales, no hace uso de una frase poética, cursi, sensiblera o rosa, de ligero y trivial significado, sino que, contrariamente, al hacer uso de esta sencilla y hoy por hoy conocidísima frase, la Escritura nos está manifestando una de las más completas y complejas definiciones o afirmaciones sobre Dios. Y aunque todos hablamos en nombre del amor en casi todos los niveles de nuestras relaciones, cuando hablamos del amor de Dios nos encontramos con el problema de que el amor de Dios es en muchos aspectos radicalmente diferente a lo que la mayoría de nosotros comúnmente llamamos amor. Como en todas las cosas relacionadas con la persona de Dios, debemos dejar que sea la misma Escritura la que nos devele y presente los detalles relacionados con el amor de Dios. Algunas de las características que del amor de Dios nos presenta la Escritura son:

 1.- Nace en Dios mismo y de sí mismo: Esto significa que la causa de su amor está en Dios y no en sus criaturas. Dios ama de sí mismo independientemente de que el objeto de su amor sea merecedor o no de su amor (me expreso así a sabiendas de que nadie lo es) porque en su naturaleza amar es su prerrogativa y sola decisión. Recordemos que el amor es una decisión; Dios ha decidido manifestar amor, su amor…

“No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos; sino por cuanto Jehová os amó, y quiso guardar el juramento que juró a vuestros padres, os ha sacado Jehová con mano poderosa, y os ha rescatado de servidumbre, de la mano de Faraón rey de Egipto”
(Deuteronomio 7:7-8)

“Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero”
(1Juan 4:19)

2.- Es eterno: El amor de Dios al igual que todos sus atributos es eterno tanto en su origen como en su permanencia en el tiempo. A los que Dios ha amado los ha amado desde la eternidad; siempre estuvieron y estarán en su corazón de Padre amante. Nuestros afectos se desarrollan por asociaciones y requieren de tiempo para fortalecerse, pero con Dios no sucede así. El en su perfecto y eterno carácter ha amado desde siempre, eternamente.

“Jehová se manifestó a mí hace ya mucho tiempo, diciendo: Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia”
(Jeremías 31:3)

“Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad”
(Efesios 1:4-5)

3.- Es soberano: Responde a su sola soberana, misteriosa e incuestionable sola decisión de amar a aquellos a quienes ha decidido amar. Este aspecto es muy difícil de abordar, comprender y aceptar, pero la Escritura parece manifestar que esto es así…

“Yo os he amado, dice Jehová; y dijisteis: ¿En qué nos amaste? ¿No era Esaú hermano de Jacob? dice Jehová. Y amé a Jacob, y a Esaú aborrecí, y convertí sus montes en desolación, y abandoné su heredad para los chacales del desierto”
(Malaquías 1:2-3)

“Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí”
(Romanos 9:13)

4.- Es infinito: Con esto queremos decir que es inimaginablemente grande, no tiene límite alguno conocido, es un amor capaz de cosas humanamente imposibles, solo dignas y posibles de Dios. La grandeza del amor divino se evidencia en el elevadísimo costo, infinitamente alto, que Dios asumió para poder manifestar su amor a seres indignos y completamente arruinados por el mal en sus corazones y estilo de vivir.

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”
(Juan 3:16)

“Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó…”
(Efesios 2:4)

5.- Es inmutable: Su amor, como todas los demás aspectos (conocidos y no conocidos) que conforman su ser, permanece inalterable de eternidad a eternidad; no hay manera en que pueda cambiar en modo alguno haciéndose más fuerte o más débil; es cómo todos los aspectos que conforman y manifiestan su ser, perfecto e inmutable (no cambia).  

Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación”
(Santiago 1:17)

6.- Es santo: Su amor se manifiesta en su trato para con los objetos de su amor interesándose en perfeccionarlos y disciplinarlos si es necesario para que estos puedan más perfectamente disfrutar de la plenitud de sus bondades y gracias en la vida terrenal. No es por tanto un amor condescendiente y permisivo en lo moral, sino por el contrario, se manifiesta como celoso, exigente, posesivo y demandante de exclusividad.

“Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo”
(Hebreos 12:6)

7.- Es benigno: Y tal vez la más consoladora y dulce característica del amor de Dios es que su amor es benigno, es decir, busca y persigue el bien de los objetos de su amor, esto es nosotros y su creación. Sea que se manifieste de manera consoladoramente tierna, o sea que lo haga de manera incompresiblemente dolorosa, la Escritura nos invita a recordar y tener presente en todo tiempo y circunstancia del vivir, que en la esencia misma de ese amor está presente en intención, propósito y alcances la bondad de nuestro Dios, su amor es bueno, es benigno siempre…

El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”
(Romanos 8:32-39)

    ¿Podemos pensar en alguno que haya sido más perfectamente amado por el Padre que el Señor Jesucristo? Pero aunque Cristo era el amado del Padre el Hijo en quien Él tenía contentamiento, sin embargo le vimos padecer en el transitar de su vida: vivió en pobreza, sufrió afrentas, persecuciones, tuvo hambre, sed, no tuvo donde recostar su cabeza, fue herido y asesinado, pero era (nunca dejó de serlo) el amado del Padre. Recordemos entonces en todo tiempo, independientemente de las dificultades que nos toque enfrentar, que Dios es amor y que su amor nos es propicio y seguro, pues es un hecho firme y maravilloso: ¡Dios es amor!

Antonio Vicuña
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jueves, 1 de junio de 2017

ATRIBUTOS DE DIOS: TODOPODEROSO, MISERICORDIOSO, BUENO.


“El poder es la mano y el brazo de Dios, la omnisciencia sus ojos, la misericordia sus entrañas, la eternidad su duración, la santidad su hermosura”
(S. Charnok)

   La revelación o manifestación de las cualidades (atributos) que caracterizan la persona y el actuar de Dios tuvo lugar de forma progresiva en el devenir de su trato para con los suyos.  Así encontramos que a Abraham Dios se le manifestó como “Dios Todopoderoso” (Génesis 17:1):

“Era Abram de edad de noventa y nueve años, cuando se le apareció el Señor y le dijo: Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí y se perfecto”

   Luego, pasados muchos años, a Moisés Dios se le manifestó como “Dios misericordioso” (Exodo 34:6):

“Y pasando el Señor por delante de él, proclamó: ¡El Señor! ¡El Señor! Fuerte misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad”

   Y varios siglos después por medio del profeta Nahúm,  en uno de los contextos más descriptivos de toda la Biblia sobre el temible y regio carácter de Dios, se nos declara que Él es Bueno (Nahúm 1:7):

El Señor es bueno, fortaleza en el día de la angustia; y conoce a los que en Él confían”

 Es sumamente interesante además que en cuanto a las dos primeras cualidades mencionadas (Todopoderoso y Misericordioso) sea Dios quien las declare de sí mismo. De otro modo ¿Cómo podría alguno saber cuál es el alcance de su poder o que tan grande es su misericordia? Hemos de concluir por estas declaraciones de Dios que Él desea ser conocido y adorado por causa de estas divinas cualidades suyas.

   La palabra “Todopoderoso” aparece 27 veces en la Biblia usada siempre como un título para referirse únicamente al Señor nuestro Dios. De allí que le llamemos “Dios omnipotente” (Dios que todo lo puede). A. Tozer se refirió a este atributo expresando:

La omnipotencia no es un nombre que le damos a la suma de todo el poder, sino un atributo del Padre de nuestro Señor Jesucristo… que puede hacer todo cuanto decide hacer, para quien nada es imposible ni difícil, porque posee el poder absoluto”.

   Sobre la misericordia expresó:

La misericordia es un atributo de Dios; una energía infinita e inagotable interna a la naturaleza divina que predispone a Dios a ser activamente compasivo. Tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo Testamento proclaman la misericordia de Dios, pero el Antiguo dice sobre ella 4 veces más de lo que dice el Nuevo

   Estas tres cualidades de nuestro Dios tienen, como todas las demás, una gran importancia para nosotros como hijos de Dios. Debemos también tener en cuenta que los atributos de Dios se manifiestan en una armonía perfecta en su persona y obrar, así pues, en el ejercicio de su poder Dios obra en sabiduría, pero también en amor, en justicia, misericordia y bondad, etc. Pensemos:

   ¿En qué nos puede ayudar el recordar y tener presente que nuestro Dios es todopoderoso? ¿En qué nos puede ayudar el recordar y tener presente que nuestro Dios es misericordioso? ¿En qué nos puede ayudar el recordar y tener presente que nuestro Dios es bueno?

   Lutero reprochaba a Erasmo diciéndole “Vuestro concepto de Dios es demasiado humano”. Debemos tener el más grande y esmerado cuidado de que nuestro concepto de Dios y su obrar sea digno de Él, y esto solo será posible si con mucho cuidado, interés y reverencia procuramos conocerle a él y sus atributos desde las mismas páginas de la Escritura, recordando que Dios es como Él dice ser en su propia Palabra.

Antonio Vicuña. 
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