miércoles, 30 de noviembre de 2016

TRES CONSEJOS PARA TIEMPOS DE ADVERSIDAD


   Vivimos tiempos difíciles con muchas más complicaciones de lo que desearíamos la mayoría. Si en otros tiempos y momentos les tocó a otros atravesar por circunstancias semejantes, lo cierto es que desde hace cierto tiempo ha sido nuestro turno el experimentarlas. No quiero ni siquiera intentar resumir o sintetizar el grandísimo cúmulo de situaciones que hoy día se han convertido en un desafío para la tranquilidad emocional de la mayoría de nosotros. Tampoco quiero señalar responsabilidades y culpables. Me parece más útil y necesario intentar señalar algunas pautas que quizá puedan ofrecer algún tipo de ayuda para continuar el viaje de nuestra vida en circunstancias que muy a pesar nuestro podrían prolongarse por mucho más tiempo del que todos desearíamos. 

   Un predecesor nuestro en los caminos del Señor expresó: 

Conozco, oh Jehová, que el hombre no es Señor de su camino, ni del hombre que camina es el ordenar sus pasos” 
(Jeremías 10:23) 

   Por mucho que el hombre se empeñe nunca podrá sostener en el puño de su mano las riendas de las circunstancias que ha de atravesar en la vida. Siempre seremos sorprendidos, en el buen o en el mal sentido de la expresión, por las “vueltas de la vida”. Le sucede a los no cristianos pero también a los que son cristianos. Es algo que experimentan los que son creyentes carnales y que poco buscan el rostro del Señor, pero es algo que también experimentan los que son fieles y temerosos del Señor y que constantemente le buscan. Ningún creyente recibió jamás una guía detallada de todas las circunstancias que le deparaba la vida en el porvenir. Ni siquiera los grandes profetas de la antigüedad la tuvieron. La incertidumbre, el no saber, la interrogante, siempre formó parte del caminar de los hombres, incluyendo absolutamente, a todos los hombres de fe. Creo que a todos nos gusta ir de cara por la vida contemplando el viaje a rostro descubierto, mirando y valorando el camino a medida que se nos va presentando, preparándonos ante las circunstancias que vemos anticipadamente. Pero cuán diferente es que se nos impida ver el trayecto, que nos encontremos con sorpresivos percances e inesperados problemas que de haberlos conocido de antemano los tendríamos quizá bajo control. Pero nosotros no somos los dueños del camino; hay otro que sí lo es; él conoce, por cierto, perfectamente y por anticipado hasta el más mínimo detalle del camino, cada circunstancia, cada dificultad, cada alegría y cada tristeza, cada subida y cada bajada, cada peligro, amenaza y posibilidad, él conoce el camino que hemos de transitar en nuestra vida de principio a fin.

   Lo primero que quiero decirle en esta oportunidad es que, sin importar el hecho de que usted entienda o no las circunstancias que vengan sobre su vida; aunque usted no pueda saber que le depara el mañana con relación a muchas de las variables que conforman su vida; aunque aún no tenga claridad de cómo podrá hacer frente a los problemas que actualmente está enfrentando, o  los que ve que se avecinan; lo mejor que usted puede hacer es descansar en el Señor, porque él tiene en verdad cuidado de los suyos, le ama y está atento a todo su vivir. Yo se lo digo hoy y usted me escucha: “lo mejor que podemos hacer es descansar en el Señor”, pero cada uno de nosotros tendrá que aprender por cuenta propia (si es que aún no lo hemos hecho), el secreto y el arte de descansar en el Señor. Esta es una de las cosas más importantes que persona alguna puede aprender en su caminar por la vida, y créame que lamentablemente muchos creyentes jamás lo aprenden. La vida siempre tendrá muchas incertidumbres, de cuando en cuando nos sorprenderá y la perplejidad llegará a tocar a las puertas de nuestra alma y corazón,  pero, y este es el asunto que importa aquí, el Señor nuestro Dios es el Dios de toda certeza, él es la Roca cuya obra es perfecta y de quien todos sus caminos son rectitud, a él nada le sorprende ni le toma desprevenido, es mejor aún, nada escapa de sus soberanas, sabias y amorosas manos, mucho menos las circunstancias que tocan las vidas de sus hijos. 
   Así que en estos malos tiempos nos es necesario aprender a descansar en el Señor hasta que nos lleguemos a sentir tan verdaderamente confiados en su cuidado amoroso y soberano, que manifestemos en nuestro diario vivir la misma actitud que se muestra en aquellas famosas palabras del Salmo 46: 

Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida y se traspasen los montes al corazón del mar; aunque bramen y se turben sus aguas y tiemblen los montes a causa de su braveza…Dios está en medio de ella…Dios la ayudará…Jehová de los ejércitos está con nosotros…nuestro refugio es el Dios de Jacob…”.

   En segundo lugar quiero decirle otra cosa totalmente diferente: luche por permanecer en pie y por prevalecer victoriosamente en la vida. 

   Especialmente en tiempos críticos y problemáticos se hace necesario asumir con resolución el “dar la pelea” ante la vida. El Salmo 18 da cuenta de lo que sucede en el corazón de un hombre que aunque asediado y oprimido por la adversidad y por enemigos directos, puede, no obstante, al acudir a su Dios, levantarse y hacer frente a sus opresores y lograr prevalecer en contra de sus enemigos por la gracia y el poder de Dios. Menciono el Salmo 18 pero la Biblia entera abunda en relatos sobre la lucha que sostuvieron los hijos de Dios en numerosos frentes de su vivir. Alguien dedicado al estudio de la historia expresó que en el transcurso y devenir de la humanidad, la constante realmente es la guerra y no la paz. De manera similar se puede expresar en relación con la vida del creyente en este mundo antidios: aún cuando por la gracia de Dios disfrutamos de no pocos oasis de paz en el camino, la lucha es una constante siempre presente. Y el hijo de Dios debe luchar con todo lo que tenga a su disposición y en su haber echando mano de todo recurso que el Señor del cielo y tierra ha dispuesto para él. En este sentido son verdaderamente muchos los instrumentos de los  que disponemos para luchar y prevalecer en la vida:

- La oración en todas sus formas y posibilidades (personal, en acuerdo con otros, con la iglesia toda, con votos de ayuno)        

- La palabra de Dios y toda su riqueza: apoyándonos en sus promesas; memorizando sus declaraciones especiales sobre la autoridad de Dios y su poder; llenando nuestro corazón de material para la reflexión y el pensamiento provechoso de acuerdo con los propósitos de Dios para nuestras vidas.

- La comunión fraternal con todas sus amplísimas posibilidades y riquezas: al congregarnos en los cultos principales y en los de los grupos más pequeños; al compartir nuestras preocupaciones y luchas con otros creyentes; al desarrollar relaciones de compañerismo cristiano que trascienden lo formal llegando a ser verdaderos encuentros de compañerismo, consuelo, estímulo, fortaleza y acción. 

   Quedan además muchísimos otros no menos útiles, valiosos e importantes: las relaciones familiares y de amistad; el refrigerio de la educación, la cultura y el trabajo; el cultivar pasatiempos y actividades recreativas, etc. Así pues, en tiempos que tienden a resultar agobiantes, agotadores y desesperanzadores en muchos sentidos, pero que sin embargo, entendemos, Dios permite en su soberanía, nos conviene echar mano de todo recurso que nos sea lícito, bíblicamente hablando, y que nos permita dar la pelea y prevalecer en pie para la gloria de Dios y el cumplimiento de sus propósitos en nuestra vida y la de los suyos. 
   La Biblia está llena las acciones que tuvieron que realizar los hijos de Dios para lograr mantenerse en pie ante las circunstancias y adversidades, ante las luchas que les tocaba pelear. En sus apuros clamaron al Señor con insistencia con desesperación y muchos ruegos; se abstuvieron de alimento y hasta de tomar agua; pasaron noches enteras sin dormir entregándose a la oración; pidieron ayuda a sus conocidos, amigos y hermanos; trabajaron valiente y esforzadamente; pusieron su esperanza en el Señor; si no podían evadir el sufrimiento entonces se identificaban con su Señor en el sufrimiento; si no encontraban aliento aquí entonces lo obtenían poniendo su mirada en las cosas del cielo. Un resumen del espíritu que manifestaban tal vez es el reflejado en las palabras del apostol Pablo: 

Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros, que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos; llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos. Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal
(2 Corintios 4:7-11)

    Finalmente, en tercer y último lugar, quiero decirle que en tiempos difíciles se hace necesario que con más frecuencia refresquemos nuestras vidas y renovemos nuestras fuerzas. Las circunstancias difíciles que se prolongan indefinidamente causan siempre mella en el ánimo y corazón de los hombres, incluidos los hijos de Dios. Es por eso que vemos a un Elías que, agotado y cansado, le dice al Señor “basta, quítame la vida”, o a un Jeremías que estando en depresión llega hasta a maldecir el día en que nació; o a un salmista que le dice al Señor “esperando tu salvación desfallezco y se me está yendo la vida, pero sigo esperando en tu palabra…pero estoy como un odre al humo…”. No se extrañe en demasía si en medio de todo lo que vivimos, se siente con la marea más baja que de costumbre en su ánimo y corazón, extraño sería que no nos afectasen las circunstancias en las que vivimos envueltos. Si aún las maquinas son sensibles a las condiciones y variaciones del ambiente en que funcionan, cuanto más propensos estamos nosotros a ser afectados por lo que sucede alrededor de nuestras vidas. No podemos escapar por completo de que en alguna medida seamos afectados por el deterioro moral, social y humano que tiene lugar en nuestro derredor. Los creyentes mencionados en la Biblia tampoco pudieron hacerlo. Ninguno, sin excepción.  ¿Qué le quiero decir? No podrá evitar que la tristeza comparta la mesa con usted en determinados días de su vida, pero si puede evitar el entregarse al lamento y al desconsuelo como si estuviese solo ante la vida. No podrá evitar sentirse incomodo ante la forzosa necesidad de tener que aceptar las circunstancias como se presentan, pero si podrá salir adelante en todo aquello que no es de su agrado apoyándose en la ayuda y la gracia que le puede dar su Señor para tales momentos y circunstancias. No podrá evitar sentirse cansado y agotado física, mental y emocionalmente en determinados días, pero siempre podrá buscar un renovar de sus fuerzas y aliento en la presencia del Señor para continuar adelante.
    
   Los tiempos adversos son tiempos que desafían y ponen a prueba el tejido y la estructura de nuestra vida y de nuestra fe, son una escuela difícil de cursar y de aprobar, pero son también una oportunidad para crecer y profundizar en nuestra relación con Dios. Dios está con los suyos en todo tiempo y circunstancia, que su gracia nos asista y sostenga siempre…  

   En el amor de Jesucristo, Antonio Vicuña.

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sábado, 19 de noviembre de 2016

SOBRE LA TRASCENDENCIA Y LA NECESIDAD DE REALIZACIÓN


   Creo que venimos a la existencia con una necesidad inherente, advertida o no, de realización y propósito. Pienso que por tal razón es que como especie nos cuestionamos tantas cosas y nos encontramos en una búsqueda constante y casi que interminable de esas cosas que intentamos le den sentido, valor y significado a la vida; algo que no parece preocupar en absoluto a los demás pobladores del mundo en todo el reino animal; he allí otra razón más para atribuir a nuestra especie un sitial distintivo y particular entre todos los seres vivos que habitan nuestro planeta.

   La preocupación existencial y la necesidad de encontrar esas misteriosas claves que hacen posible experimentar una trascendencia que, si bien no se puede atrapar entre manos, sin embargo la mayoría, de alguna manera sospecha, intuye y reconoce cuando se hace presente. 

   Admiro casi con envidia a todos aquellos que muy temprano han encontrado su lugar en la vida logrando un nivel de realización que trasciende la esfera de la simple y gregaria satisfacción de las necesidades básicas propias de todos los hombres. Les admiro porque son personas que han descubierto una gema de gran valor en el valioso cofre de la vida, han descubierto la perla de la trascendencia; esta valiosísima joya que aunque de seguro está disponible para todos, no obstante, al parecer por variadas razones, son relativamente pocos los que logran hacerse de ella. Cómo hicieron para dar tan temprano en sus vidas con ese secreto es algo que ignoro por completo; lo que sobre este punto me parece entender es que, para la mayoría de las personas esta es una búsqueda más lenta y difícil de lo que desearíamos que fuese; tan ardua y escurridiza que la mayoría a la larga termina por renunciar a ella. 

   Los que se entregan al estudio y al entrenamiento especializado en cualquier área del saber conocen del precio que se requiere pagar para profundizar y romper con las barreras que si no se superan paralizarían y harían imposible todo tipo de progreso. Siempre hay un precio que pagar para la superación y el crecimiento personal, no importa de qué ámbito estemos hablando. Los verdaderos creyentes, aquellos que viven comprometidamente su fe,  pueden testificar de el costo que ha significado crecer en los caminos de la gracia y el conocimiento de Dios; los hombres de ciencia pueden disertar sobre el costo que ha estado envuelto en los avances de las distintas disciplinas del conocimiento para que hoy estemos donde estamos en esas áreas especializadas del saber; los estadistas e historiadores pueden dar cátedra sobre el precio que han tenido que pagar quienes nos antecedieron para dejarnos el legado de un modelo de sistema y sociedad que, si bien está muy lejos de ser perfecto y completamente justo es, por mucho, mejor a la anarquía y a muchos de los sistemas injustos y opresivos del pasado. En fin, el precio de la realización y trascendencia a todo nivel no es definitivamente una baratija que cualquiera puede desinteresadamente adquirir.

  Me parece presentir que en ese camino es necesario estar dispuestos a auto-confrontarnos no pocas veces, lo cual no siempre es tarea fácil. Un de las cosas más difíciles para las personas, se crea o no,  es juzgarse a sí mismos; en este aspecto generalmente, o bien se es demasiado indulgente, o bien se es demasiado tirano, pero casi nunca ecuánimes y justamente equilibrados. Por cierto este es un tema, guste o no, que pertenece al campo de la fe, de los valores, y de todos aquellos predios intangibles que forman parte de la condición humana. Trascender es más que estadísticas y números por importantes y clarificadores que estos sean; es más que logros y metas conquistadas aún cuando estas seguramente forman parte de la experiencia de todos aquellos que ascienden por las cumbres de la vida marcando el camino para otros; pero también en el hombre y la mujer anónimos, desconocidos de todos excepto de sus cercanos, que han marcado con su ejemplo y servicio comprometido la vida de quienes les han de suceder en el simple ámbito familiar, y que en esa entrega de vida experimentaron la plenitud al abocar todas sus energías a esas domésticas causas como si no hubiese nada más en la vida, creo ver en esas sencillas y anónimas personas la corona de la trascendencia y la realización personal. La alcanzaron sin aspavientos, sin mucho ruido social, sin hacer alardes ni esperar que se anunciasen sonidos de pompas y aclamaciones públicas, lo hicieron en el sencillo y humilde círculo de una sencilla y auténtica vida que se invierte en los demás. Y creo que tal vez en este punto más que en ningún otro estamos más cerca de dar con el corazón de este asunto de la realización y la verdadera trascendencia: parece ser que esta se experimenta y manifiesta en el olvido del egoísmo propio y en el aprender (de forma consciente o inconsciente) a vivir con cierto aire de entrega, sencillez y compromiso para con aquellos que nos rodean y para con aquellos que nos han de relevar y han de ocupar nuestro lugar en el mundo. 

   Me parece sumamente interesante que los postulados del Maestro de maestros, los del Galileo aquel, el Carpintero de Nazaret, el mismo que habría de morir en una tosca cruz de madera por causa de su mensaje y la trascendencia de su causa, me parece muy interesante que sus postulados sean tan cónsonos con esta y con todas esas causas que nacen de la necesidad de buscar mayor justicia y verdadero bien para los hombres. Hasta una lectura superficial de la vida de Jesús en los evangelios encontrará que la trascendencia y la realización es tema de primer orden en el mensaje de Dios para los hombres. 

   Para terminar solo quiero añadir que pienso que muy poco importa en verdad lo que la arrogancia de algunas prominentes personalidades tenga que decir sobre este asunto; este es un tema para aquellos que aunque reconociéndose lejos de lograrlo aún lo siguen intentando porque no han podido silenciar ese murmullo desde aquel día en que lo escucharon por primera vez en su reservado corazón.

Antonio Vicuña.  

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lunes, 17 de octubre de 2016

CAMINANDO HACIA LA ESPERANZA


   “Esperanza” es una gran palabra en las Escrituras. Denota el tipo de actitud que está presente en el corazón cuando se puede vivir mirando hacia el mañana con expectativas placenteras o favorables porque se descansa en la fidelidad de Dios. El apóstol Pablo expresa su deseo de que los creyentes abunden en esperanza por la ayuda del Espíritu Santo, quien puede por su obra de gracia confirmar a los creyentes en todo gozo y paz en el creer, según el deseo de aquel a quien llama también “el Dios de la esperanza” (Romanos 15:13). 

   Ahora bien, la esperanza se convierte en una valiosísima joya para la vida cuando se está atravesando por dificultades o cuando nuestra propia incapacidad y debilidad nos oprime y combate. Es así como vemos a un Abraham que en “esperanza contra esperanza” camina hacia el mañana con su confianza y mirada puesta en Dios sin hacer caso de la realidad de su condición física (Romanos 4:18).

   La esperanza no es algo irrelevante e innecesario para la vida; sino que al contrario, la esperanza es algo de lo que no se puede prescindir. Sin esperanza no se puede vivir. Pero, por otra parte, si alguien debería vivir con el corazón rebosante de esperanza es el hijo de Dios, pues el plan de Dios para su vida es seguro, firme y estable, y las promesas de aquel que le salvó, así como su fidelidad, son inquebrantables. No obstante, estos no son asuntos automáticos, inmediatos o desconectados de nuestras vivencias y luchas personales; mantener ardiendo la llama de la esperanza mientras se camina por la vida, como toda obra de gracia, un verdadero milagro que honra y glorifica al Señor. En esta oportunidad le invito a que reflexionemos en torno a este asunto siguiendo las palabras del Salmo 119:25-32.

“Abatida esta hasta el polvo mi alma; vivifícame según tu palabra”
(Vs.25)

   El abatimiento es una experiencia muy humana, muy de todos nosotros, aunque al parecer algunos temperamentos son más dados a experimentarlo que otros. Pero hasta los hombres más santos y usados por Dios, han llegado a encontrarse en determinados momentos de sus vidas completamente abatidos, desalentados, con el ánimo por el suelo y hasta deprimidos. Una Par de ejemplos son Elías (1 Reyes 19:4) y Jeremías (Jeremías 20:7-18). Ninguno está exento de experimentarlo. Por lo que no se sienta culpable o bajo condenación por sentirse en determinados momentos de su vida abatido. Pero haga de ese abatimiento un motivo de oración y pida al Señor que lo reanime como el lo ha prometido (Isaías 40:29-31). Jamás insistiremos demasiado  sobre el hecho de que la sabia y el néctar divino de la palabra de Dios destila de manera especial sobre nuestras almas cuando hacemos de la palabra de Dios, de sus promesas, el tema de nuestras oraciones secretas y personales. Otras versiones de este verso dicen de la siguiente manera:   

Estoy a punto de morir; ¡dame vida, conforme a tu promesa!
Estoy tirado en el polvo; revíveme con tu palabra.
Estoy postrado en el polvo, reanímame tal como lo prometiste.
Estoy postrado en el polvo, dame la vida según tu promesa.
Me siento totalmente desanimado; ¡infúndeme vida, conforme a tu palabra!
Cumple tu promesa y dame ánimo, pues estoy muy decaído y el dolor me está matando. 

“Te he manifestado mis caminos, y me has respondido”
(Vs.26)

   Sea cual sea el punto de nuestro vivir en el que nos encontremos, nada podrá traer tantos beneficios y seguridad a nuestras vidas como el que aprendamos a sincerarnos delante de nuestro Señor. Lamentablemente suele suceder que aprendemos muy bien el arte de las relaciones sociales de conveniencia; aprendemos a relacionarnos con las personas pero sin comprometer nuestro corazón en ello; aprendemos a disimular, a aparentar, a ser evasivos, a ser políticamente correctos aún cuando no avalemos en nuestro interior lo involucrado. El problema es que nos acostumbramos tanto a ese proceder, a ese estilo de vivir y de relacionarnos con los otros, que llegamos a asumir que con nuestro Señor y Dios podemos relacionarnos de la misma manera.

   A veces arrastramos por años situaciones sin resolver que afectan negativamente nuestras vidas y las de aquellos que están cerca de nosotros. Somos cristianos, verdaderos cristianos, personas regeneradas por el poder de Dios, pero aún arrastramos con situaciones que estorban nuestro caminar hacia un mejor mañana porque ya no queremos confrontarnos más con la palabra de Dios, y, al dejar de confrontar nuestros caminos (nuestras acciones) con la palabra de Dios, se detendrá nuestro caminar. 

   Hemos de sincerarnos con el Señor en todos los aspectos y áreas de nuestra vida si queremos ver la respuesta del Señor a todas nuestras oraciones. La valentía no llegará a menos que reconozcamos que el temor a gobernado nuestra vida. La sanidad mental no llegará hasta que no reconozcamos que pensamientos enfermizos han estado lacerando nuestra mente por años. La verdadera mansedumbre no se forjará en nuestro carácter hasta que no nos sinceremos y confesemos que el orgullo ha sido una fuerza y motor en nuestra vida y acciones. La bendición no llegará plena y rebosante hasta que nos sinceremos reconociéndonos pobres y verdaderamente necesitados de ella. El camino hacia la esperanza reconoce que, por causa de nuestros fallos de carácter,  el presente no es tan bueno y tan espléndido como podría ser, pero con la ayuda e intervención del Señor en el mañana lo será.

“…Enséñame tus estatutos. Hazme entender el camino de tus mandamientos, para que medite en tus maravillas”
(Vs.27)

   Dios es un gran maestro. El Señor es el Maestro. El Espíritu Santo es un maestro a tiempo completo. 
Creo que nos es conveniente el que nos veamos a nosotros mismos como alumnos permanentes de la escuela del Señor. 
   
   Uno de las mentes más brillantes y privilegiadas por la gracia del Señor en la era cristiana fue el apóstol Pablo, él dijo: “…si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debe saberlo.” (1Cor.8:2).
Aunque en la iglesia del Señor están los maestros, lo que enseñan, aquellos que por la gracia del Señor tienen la honrosa oportunidad de explicar las Escrituras a los creyentes, hay sin embargo, un ministerio de enseñanza más personal, más privado e íntimo, que tiene lugar cuando el hijo de Dios le pide a su Señor que le enseñe, que le abra el entendimiento, que le conceda más luz para así poder vivir como Dios en verdad quiere. Podemos ocupar nuestro pensamiento en muchas cosas, y es necesario que así sea, pero lo que tal vez sea un motivo de pesar en el corazón de Dios para con sus hijos es que poco ocupemos nuestro pensamiento para meditar en sus maravillas. El salmista ya anteriormente, en el verso 14, dijo: “Me he gozado en el camino de tus testimonios más que de toda riqueza.”
   
   La vida en nuestros tiempos es complicada, agitada, extenuante, absorbente; tenemos que aprender a dedicarle tiempo y atención al Maestro si hemos de mantener ardiendo la llama de la esperanza en nuestro vivir.

“Se deshace mi alma de ansiedad; susténtame según tu palabra”
(Vs.28)

   Nuestra versión dice “ansiedad” pero “tristeza” parece ser la palabra más exacta aquí. Otras versiones de este verso dicen:

De tristeza llora mi alma; fortaléceme conforme a tu palabra.
Estoy ahogado en lágrimas de dolor; ¡manténme firme, conforme a tu promesa!
De angustia se me derrite el *alma: susténtame conforme a tu palabra.
De tristeza llora mi alma; Fortaléceme conforme a Tu palabra.
Lloro con tristeza; aliéntame con tu palabra.
De angustia se me derrite el *alma: susténtame conforme a tu palabra.
Estoy cansado y lloro de tristeza; fortaléceme tal como lo prometiste.
Me estoy consumiendo de pena, confórtame según tu promesa.
Mi alma llora de ansiedad; sostenme conforme a tu palabra.

   Y aquí nuevamente hemos de decir que la tristeza es una emoción muy humana, muy natural, muy nuestra. Y aunque podríamos decir que hay tristezas que vienen como consecuencia de un vivir equivocado y pecaminoso ante el Señor, lo que quiero hoy enfatizar es que hay muchas tristezas que son naturales, propias de la vida, propias del amor y del sufrimiento que forman parte indisoluble con la vida. Aún del santo de los santos, el Señor Jesucristo, se dice en los evangelios: “…comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte….” (Matero 26:37-38)
Susténtame. Es decir, levántame. fortaléceme, confórtame, aliéntame…como lo has prometido.

   Yo espero que usted lo esté viviendo en verdad. Que cada vez que la tristeza embargue su vida usted encuentre que el Señor le consuela, levanta y fortalece para que continúe en el camino de la vida con un canto renovado de esperanza y gratitud, porque verdaderamente él hace esas cosas en la vida y corazón de aquellos que caminan con él.

“Aparta de mí el camino de la mentira, y en tu misericordia concédeme tu ley”
(Vs.29)

   El problema con la mentira es que dispone de tantos caminos para manifestarse y seducirnos. Los caminos del engaño están diseminados por todos los campos del saber y el hacer humanos. Aún dentro de la iglesia, la verdadera iglesia del Señor, la mentira encuentra veredas y trillas por donde transitar. La mayor parte del tiempo no somos conscientes de cómo la mentira camina y corre por los caminos en los que transitamos. En todos los estorbos para nuestro caminar de fe, para nuestro vivir con propósito para Dios, el engaño, de una u otra manera, está presente. Y solo la verdad nos puede librar del error. Solo la verdad puede anular el poder de la mentira. Mentira no mata mentira, eso solo destruye la confianza y la esperanza. Solo la verdad liberta, sana y restaura.

   En tu misericordia…porque si Dios no lo hace no hay manera. Porque si Dios no obra en nosotros llevándonos al reconocimiento del engaño que ha estado presente en nosotros, no hay manera. Porque si Dios no nos convence por su ley, por su palabra, repito, no hay manera. He aquí otro motivo de oración para cada uno de nosotros en nuestro caminar hacia la verdadera esperanza.

“Escogí el camino de la verdad; he puesto tus juicios delante de mí. Me he apegado a tus testimonios; oh Jehová no me avergüences”
(Vs.30-31)

   Solo quiero llamar su atención a las acciones que realizó el escritor: “Escogí…he puesto…me he apegado…”. Veo en esas palabras una resolución a hacer de la palabra de Dios el basamento para su vida. Si bien es cierto que Dios es el que produce en nosotros tanto el querer como el hacer, también es cierto que él no tomará nuestras decisiones, ni hará nuestras elecciones, ni asumirá el costo de nuestros compromisos. Escojamos nosotros también en todos los asuntos de nuestra vida diaria el camino de la verdad; tengamos nosotros también presente, en nuestra mente y corazón, delante de nuestras conciencias, en todas nuestras acciones, la palabra del Señor; apeguémonos a la verdad, apeguémonos a la palabra de Dios en todo lo que decimos y hacemos y planificamos; y entonces, y solo entonces, también podremos orar con verdadera transparencia diciendo “Señor no sea yo avergonzado” (salmo 25:2),  y, ¿sabe qué?, no lo seremos.   

“Por el camino de tus mandamientos correré, cuando ensanches mi corazón”
(Vs.32)

   Me resultan preciosas y esperanzadoras palabras estas con las que cierra esta porción del Salmo pues creo que reflejan el deseo de libertad que latía en el corazón del salmista, y, al mismo tiempo muestran su certeza de que recibiría lo esperado como resultado de la obra de la gracia de Dios.

  Creo que en todos nosotros laten profundos deseos y ansias de libertad. Desde que el pecado nos encadenó como raza, añoramos y suspiramos por la libertad, por verdadera libertad. Solo Dios otorga libertad, solo la palabra de Dios hace verdaderamente libres a los hombres, pero paradójicamente, muchos hijos de Dios encuentran en la misma palabra de Dios una especie de camisa de fuerza que les resta libertad de acción y de pensamiento. El problema no está por supuesto en la Divina Palabra; a veces el problema está en la forma como se entiende e interpreta la misma; pero otras veces, creo que la mayoría de las veces, el problema real de fondo es que el corazón continúa siendo muy estrecho; está aún en muchos puntos importantes cerrado a la palabra de Dios. Por ello la relevancia de esta última expresión del salmista: “cuando ensanches mi corazón”.

   Creo que el Señor desea no solo que caminemos aduras penas, de tropiezo en tropiezo, lo cual dicho sea de paso, es mejor que no caminar en absoluto, pero, creo que el Señor desea que experimentemos tal libertad como resultado de ese obrar de su gracia y de su Espíritu en nuestro corazón, que podamos correr por el camino de sus mandamientos glorificando su nombre en nuestro diario vivir. Aún hoy, podemos y debemos mirar con esperanza hacia el mañana mientras permitimos que Dios ensanche nuestras miras y corazón mientras nos preparamos para correr por sus caminos.

En el amor de Jesucristo, Antonio Vicuña.

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martes, 11 de octubre de 2016

COMPROMETIDOS CON LA JUSTICIA


   Tarde o temprano la vida nos pone a prueba en cada uno de los asuntos realmente importantes que la conforman y definen. Tan pronto comenzamos a tomar conciencia de nuestro papel y de la naturaleza de las relaciones que definen nuestra participación en la dinámica de la vida comenzamos a notar que la existencia humana transcurre en un continuo forcejeo entre la justicia y la injusticia. No podemos escapar de nuestra  realidad esencial como especie: somos seres morales; no es algo que decidimos o escogemos; la moralidad y nuestra necesidad de discriminar entre justicia e injusticia es un factor inherente a nuestra condición humana. Los que somos creyentes atribuimos esa condición al hecho de que el ser humano ha sido creado con un propósito en miras y en razón de ello lleva en sí mismo la imagen y semejanza de su Creador, quien es la fuente excelsa de quien proceden todas las virtudes que ennoblecen y dan sentido a la existencia; existencia que, de no ser por la presencia del mal y la opresión de la injusticia, sería un deleite permanente de insospechados horizontes y estimulantes logros  y desafíos que justificarían a cabalidad la abundante riqueza y variedad de los dones y recursos que nos han sido dados.

   Ahora bien, el problema del mal y la presencia de la injusticia en el tejido social en el que se desenvuelve nuestra vida nos presenta un desafío a nivel personal y también como comunidad y sociedad que no es posible ignorar: ¿aceptaremos o rechazaremos, denunciaremos o guardaremos silencio, nos comprometeremos a luchar por lo que es justo o decidiremos ignorar, seremos instrumentos de la justicia o seremos cómplices de la injusticia? El hombre justo no puede callar ante la injusticia, de otra manera estaría condonando la injusticia. El silencio ante lo que resulta ser evidente ultraje de la justicia, en la mayoría de los casos es censurable sino condenable. Pasivamente esperamos que otros protesten, que otros se comprometan en nuestra causa, que otros paguen el precio de nuestros beneficios, que otros luchen y peleen nuestras batallas, pero eso no está bien en ningún campo, ni siquiera en el de fe y la vida cristiana que es encarnación del mensaje y predica de la paz. Basta ver la vida de los profetas bíblicos y sus denuncias ante sus contemporáneos para dar con el hecho de que guardar silencio ante el mal no es algo virtuoso.

   Denunciar el mal siempre contempla  un precio que pagar. Podemos ser mal comprendidos por la gente a quien pretendemos ayudar, aún por nuestros cercanos, lo cual sería un precio relativamente bajo que pagar. Pero se puede llegar a ser objeto de represalias y ataque de todo tipo hasta el punto de que la propia vida esté en riesgo, lo cual es un precio considerablemente alto, y si entra en consideración la vida de  familiares y allegados entonces no queda más por considerar…Pero ¿cuál es la alternativa? El precio de callar es también muy alto, pienso que considerablemente más alto aún: es perder la facultad de ejercer nuestro derecho y prerrogativa de combatir el mal y la injusticia en todos sus niveles. Es renunciar al deber y responsabilidad que nos ha sido asignado por la vida para el bien nuestro y de las generaciones por venir. Es ser negligente ante las demandas de la vida que el Soberano Dios nos ha concedido. Conlleva el permitir que nos esclavicen y opriman el alma cercenando nuestra vocación por la justicia y la libertad y ello tristemente por nuestro consentimiento. Lo que hoy callamos por la razón que sea que nos demos, mañana lo pagarán nuestros hijos y nuestros sucesores, aunque quizá ellos sean más valientes y cónsonos con su vocación de justicia y libertad en la vida…

   Hoy es nuestro tiempo, y como tal la responsabilidad es nuestra y no de otro. Rompamos con la inercia, comprometámonos, arriesguémonos, y prestemos nuestra voz a la causa eterna de la justicia, descubramos que nuestra voz también cuenta y puede hacer una diferencia.

Abre tu boca, juzga con justicia, y defiende la causa del pobre y del menesteroso
(Proverbios 31:9)

Antonio Vicuña.
    
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jueves, 4 de agosto de 2016

ATRIBUTOS DE DIOS: FIDELIDAD

 

   Si no pudiésemos estar seguros de que Dios es fiel ¿cómo podríamos confiar en su palabra y promesas? Si tenemos dudas sobre la fidelidad de Dios más temprano que tarde se derrumbará el edificio de nuestra fe. Pero porque Dios es fiel podemos aceptar sin reservas y como perfectamente segura (digna de toda confianza) su palabra y confiar que así como él ha dicho hará. Su fidelidad viene a ser la garantía y  base de confianza en todos los asuntos de nuestra relación con él. 

   La fidelidad de Dios se proclama desde la antigüedad en las Escrituras: “Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta mil generaciones” (Deuteronomio 7:9). Y porque Dios es fiel sabemos que cumplirá cada promesa, cada profecía, cada pacto establecido, y aún cada amenaza anunciada, porque “Dios no es hombre, para que mienta; ni hijo de hombre para que se arrepienta. Él dijo, ¿y no hará?; habló, ¿y no lo ejecutará?” (Números 23:19). De allí que una de las más grandes bendiciones que recibimos los creyentes es poder descansar en la fidelidad de nuestro Padre Dios, puesto que él siempre, absolutamente siempre, se mostrará fiel en todas las relaciones para con los suyos, no permitiendo que sean avergonzados los ojos de aquellos que confían en su fidelidad (Salmo 34:5).  

   Y aunque siempre está presente el hecho de que “Fiel es el que prometió” (Hebreos 10:23), es necesario admitir que en la vida cristiana hay momentos, épocas y situaciones, donde puede no ser fácil descansar en la fidelidad de Dios; tarde o temprano la fe de los creyentes es probada (siempre lo será); suceden cosas inesperadas que nos afligen, desconciertan y golpean con fuerza nuestra estabilidad de vida, y puede que en tales situaciones no comprendamos qué ha sucedido con la fidelidad de Dios, y que encontrándonos en tal condición, surjan temores y dudas sobre nuestro presente y porvenir. Aún los hombres más grandes de la Biblia parecen haber experimentados tales momentos en algún punto de sus vidas. Creo que es propio de la débil y vulnerable condición humana el que la vista se oscurezca ante la presión prolongada de los problemas y ante el peso de la adversidad. Hasta un hombre tan especial y santo como Juan el bautista se hundió en las dudas en un punto de su glorioso transitar por la vida (Mateo 11:2-19). Y si así sucedió hasta con los ilustres hombres de fe que protagonizan los santos relatos bíblicos, cómo podemos extrañar que de manera similar suceda con nosotros que distamos tanto de alcanzar a aquellos en su piedad, devoción y fe; pero a pesar de que ello es parte de nuestra realidad cotidiana (el ser sacudidos y preguntarnos dónde está el Dios fiel), Dios no ha cambiado para con nosotros, él es y seguirá permaneciendo por siempre fiel. En tales situaciones nos hará bien recordar aquellas palabras que el Señor le dijo a su amado discípulo: “Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después” (Juan 13:7). Por ello en medio de la prueba, cuando se oscurece el entendimiento y parece ocultarse el brillo de la fidelidad de Dios, debemos dar oído a las palabras del profeta: “El que anda en tinieblas y carece de luz, confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios” (Isaías 50:10).

   Entre otros, podemos considerar los siguientes aspectos relacionados con la fidelidad del Señor y nosotros:
La fidelidad de Dios se manifiesta en los cuidados que él tiene por los suyos

 “Él los mantendrá firmes hasta el fin, para que sean irreprochables en el día de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es Dios, quien los ha llamado a tener comunión con su Hijo Jesucristo, nuestro Señor
(1Corintios 1:8-9)

Dios es fiel aún cuando seamos objeto de su trato disciplinario 

Conozco, oh Señor, que tus juicios son justos y que conforme a tu fidelidad me has afligido” 
(Salmo 119:75)

Si sus hijos dejan mi ley y no caminan en mis juicios, si profanan mis estatutos y no guardan mis mandamientos, entonces castigaré con vara su rebelión, y con azotes sus iniquidades. Pero no retiraré de él mi misericordia, ni falsearé mi fidelidad” 
(Salmo 89:30-33)

Aún en medio de la adversidad  debemos descansar en la fidelidad de Dios

Así pues, los que sufren según la voluntad de Dios, entréguense a su fiel Creador y sigan practicando el bien” 
(1Pedro 4:19)

Descansar en la fidelidad de Dios nos libra de temor, inquietud, ansiedad y pesimismo, incluso de la murmuración 

Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito” 
(Romanos 8:28)

La fidelidad de Dios se manifestará con magna perfección cuando los suyos sean glorificados

Que Dios mismo, el Dios de paz, los santifique por completo, y conserve todo su ser —espíritu, alma y cuerpo— irreprochable para la venida de nuestro Señor Jesucristo. El que los llama es fiel, y así lo hará” 
(1Tesalonicenses 5:24)

Por ese motivo padezco estos sufrimientos. Pero no me avergüenzo, porque sé en quién he creído, y estoy seguro de que tiene poder para guardar hasta aquel día lo que le he confiado” 
(2Timoteo1:12)

Dios es fiel. Las palabras siempre resultarán insuficientes para expresar todo lo que ese maravilloso atributo comprende, pues aún nuestro finito y sesgado entendimiento y la sensibilidad e imaginación con que estamos dotados resultan incapaces de aprehender y percibir todas las riquezas implicadas en esa extraordinaria cualidad de nuestro amante Señor y Dios. No obstante el deseo de Dios es que le conozcamos como Dios fiel: Dios fiel en la consolación,  Dios fiel en la peregrinación, Dios fiel en la bendición, Dios fiel en la coronación, a él sea todo honor, gloria y alabanza por siempre…

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