jueves, 4 de agosto de 2016

ATRIBUTOS DE DIOS: FIDELIDAD

 

   Si no pudiésemos estar seguros de que Dios es fiel ¿cómo podríamos confiar en su palabra y promesas? Si tenemos dudas sobre la fidelidad de Dios más temprano que tarde se derrumbará el edificio de nuestra fe. Pero porque Dios es fiel podemos aceptar sin reservas y como perfectamente segura (digna de toda confianza) su palabra y confiar que así como él ha dicho hará. Su fidelidad viene a ser la garantía y  base de confianza en todos los asuntos de nuestra relación con él. 

   La fidelidad de Dios se proclama desde la antigüedad en las Escrituras: “Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta mil generaciones” (Deuteronomio 7:9). Y porque Dios es fiel sabemos que cumplirá cada promesa, cada profecía, cada pacto establecido, y aún cada amenaza anunciada, porque “Dios no es hombre, para que mienta; ni hijo de hombre para que se arrepienta. Él dijo, ¿y no hará?; habló, ¿y no lo ejecutará?” (Números 23:19). De allí que una de las más grandes bendiciones que recibimos los creyentes es poder descansar en la fidelidad de nuestro Padre Dios, puesto que él siempre, absolutamente siempre, se mostrará fiel en todas las relaciones para con los suyos, no permitiendo que sean avergonzados los ojos de aquellos que confían en su fidelidad (Salmo 34:5).  

   Y aunque siempre está presente el hecho de que “Fiel es el que prometió” (Hebreos 10:23), es necesario admitir que en la vida cristiana hay momentos, épocas y situaciones, donde puede no ser fácil descansar en la fidelidad de Dios; tarde o temprano la fe de los creyentes es probada (siempre lo será); suceden cosas inesperadas que nos afligen, desconciertan y golpean con fuerza nuestra estabilidad de vida, y puede que en tales situaciones no comprendamos qué ha sucedido con la fidelidad de Dios, y que encontrándonos en tal condición, surjan temores y dudas sobre nuestro presente y porvenir. Aún los hombres más grandes de la Biblia parecen haber experimentados tales momentos en algún punto de sus vidas. Creo que es propio de la débil y vulnerable condición humana el que la vista se oscurezca ante la presión prolongada de los problemas y ante el peso de la adversidad. Hasta un hombre tan especial y santo como Juan el bautista se hundió en las dudas en un punto de su glorioso transitar por la vida (Mateo 11:2-19). Y si así sucedió hasta con los ilustres hombres de fe que protagonizan los santos relatos bíblicos, cómo podemos extrañar que de manera similar suceda con nosotros que distamos tanto de alcanzar a aquellos en su piedad, devoción y fe; pero a pesar de que ello es parte de nuestra realidad cotidiana (el ser sacudidos y preguntarnos dónde está el Dios fiel), Dios no ha cambiado para con nosotros, él es y seguirá permaneciendo por siempre fiel. En tales situaciones nos hará bien recordar aquellas palabras que el Señor le dijo a su amado discípulo: “Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después” (Juan 13:7). Por ello en medio de la prueba, cuando se oscurece el entendimiento y parece ocultarse el brillo de la fidelidad de Dios, debemos dar oído a las palabras del profeta: “El que anda en tinieblas y carece de luz, confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios” (Isaías 50:10).

   Entre otros, podemos considerar los siguientes aspectos relacionados con la fidelidad del Señor y nosotros:
La fidelidad de Dios se manifiesta en los cuidados que él tiene por los suyos

 “Él los mantendrá firmes hasta el fin, para que sean irreprochables en el día de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es Dios, quien los ha llamado a tener comunión con su Hijo Jesucristo, nuestro Señor
(1Corintios 1:8-9)

Dios es fiel aún cuando seamos objeto de su trato disciplinario 

Conozco, oh Señor, que tus juicios son justos y que conforme a tu fidelidad me has afligido” 
(Salmo 119:75)

Si sus hijos dejan mi ley y no caminan en mis juicios, si profanan mis estatutos y no guardan mis mandamientos, entonces castigaré con vara su rebelión, y con azotes sus iniquidades. Pero no retiraré de él mi misericordia, ni falsearé mi fidelidad” 
(Salmo 89:30-33)

Aún en medio de la adversidad  debemos descansar en la fidelidad de Dios

Así pues, los que sufren según la voluntad de Dios, entréguense a su fiel Creador y sigan practicando el bien” 
(1Pedro 4:19)

Descansar en la fidelidad de Dios nos libra de temor, inquietud, ansiedad y pesimismo, incluso de la murmuración 

Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito” 
(Romanos 8:28)

La fidelidad de Dios se manifestará con magna perfección cuando los suyos sean glorificados

Que Dios mismo, el Dios de paz, los santifique por completo, y conserve todo su ser —espíritu, alma y cuerpo— irreprochable para la venida de nuestro Señor Jesucristo. El que los llama es fiel, y así lo hará” 
(1Tesalonicenses 5:24)

Por ese motivo padezco estos sufrimientos. Pero no me avergüenzo, porque sé en quién he creído, y estoy seguro de que tiene poder para guardar hasta aquel día lo que le he confiado” 
(2Timoteo1:12)

Dios es fiel. Las palabras siempre resultarán insuficientes para expresar todo lo que ese maravilloso atributo comprende, pues aún nuestro finito y sesgado entendimiento y la sensibilidad e imaginación con que estamos dotados resultan incapaces de aprehender y percibir todas las riquezas implicadas en esa extraordinaria cualidad de nuestro amante Señor y Dios. No obstante el deseo de Dios es que le conozcamos como Dios fiel: Dios fiel en la consolación,  Dios fiel en la peregrinación, Dios fiel en la bendición, Dios fiel en la coronación, a él sea todo honor, gloria y alabanza por siempre…

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lunes, 18 de julio de 2016

ATRIBUTOS DE DIOS: SOBERANÍA


   Creo que casi siempre nos mostramos cautelosos ante la posibilidad de entregar absoluto poder y libertad de decisión y ejecución a otras personas, especialmente si las personas dotadas de tal autoridad no tienen obligación de rendir cuentas a otros; esto mayormente pienso que se debe al hecho de que nos reconocemos como criaturas capaces de sucumbir para mal ante lo que significaría el poseer absoluto poder y absoluta soberanía de acción. El solo hecho de imaginar que alguien pudiese obrar de acuerdo al antojo de su voluntad y que además de ello tuviese el poder de hacer todo lo quisiera y cuándo quisiera, resulta aterrador a las mentes que aman la justicia, puesto que con tal poder inimaginables injusticias y atroces desatinos se podrían cometer. Pero cuán consolador y maravilloso resulta saber que es en el único Dios verdadero en quien descansa la magna grandeza de la soberanía, y que él es a toda prueba alguien sabio, amoroso, misericordioso, compasivo y justo. Que Dios es soberano es algo que todos los creyentes podemos, debemos y tenemos que reconocer y proclamar con alegría y admiración permanentes, puesto que si alguien tiene el derecho, capacidad, y las prerrogativas y dignidad necesarias para detentar y actuar con absoluta soberanía, es Dios. 
   
   Ahora bien, cuando decimos que "Dios es soberano" queremos expresar con esa frase que él tiene el derecho de disponer y hacer con todas las cosas (animadas e inanimadas) como él considere de acuerdo con sus intereses y propósitos, sin tener para ello que necesitar en lo absoluto permiso alguno de nadie; Él es soberano, y como soberano dispone, ordena, y gobierna sobre todo lo creado de acuerdo con sus santos, justos y sabios propósitos. ¿Con qué derecho lo hace? Con el derecho que le corresponde por ser el Creador y dueño de todo:

Porque todas las cosas proceden de él, y existen por él y para él
(Romanos 11:36)

   El tema de la soberanía de Dios está presente en toda la Escritura. En el Salmo 135:6 leemos: “El Señor hace todo lo que quiere en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos”. Y el testimonio en Daniel 4:35 no es diferente: “Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano…”. Y aunque estas citas bíblicas nos muestran al Señor obrando poderosa y libremente sobre la creación, sin embargo es necesario comprender que el ejercicio de la soberanía divina no siempre es ajeno a nuestra responsabilidad y a nuestro actuar individual. ¿Qué quiero decir con esto? Que el campo de la soberanía divina es muy pero muy grande, tanto que nos incluye a nosotros mismos y nuestras acciones. Dios en su soberanía “dispone y establece las reglas” (las normas, los mandamientos, las prohibiciones, los desafíos, etc), y a nosotros, en nuestro definido y soberanamente establecido margen de acción, nos toca vivir conforme a ello. Dios en su soberanía ha expresado su voluntad y nos la ha dado a conocer por su palabra, pero nos corresponde a nosotros conocer esa palabra de origen divino, inclinar nuestro corazón a ella, y obedecerla. Igualmente, Dios en su soberanía nos ha colocado en este mundo en un entorno determinado de limitaciones y oportunidades, pero a nosotros nos corresponde decidir si vamos a vivir en el constante intento de llevar fruto para Dios durante el tiempo que nos es concedido o, si vamos a invertir la vida en causas menos dignas.

   La soberanía divina no implica esclavitud ni coerción, ni falta de libertad en la criatura, pero sí implica que Dios preestableció las condiciones, capacidades, posibilidades, límites y potenciales ventajas y alcances, de acuerdo con su soberana y libre voluntad:

En Cristo también fuimos hechos herederos, pues fuimos predestinados según el plan de aquel que hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad
(Efesios 1:11b)

   Finalmente, se debe mencionar además que la soberanía divina abarca incluso el sensible tema de los salvados y los perdidos, pues, aún en este delicado y solemne campo, la soberanía es lo que determina lo que más tarde ha de suceder en la vida de los hombres:

…Dios tiene misericordia de quien él quiere tenerla, y endurece a quien él quiere endurecer
(Romanos 9:18)

   Dios es soberano y los que le hemos conocido debemos adorarle y alabarle en virtud de su soberanía, ¡¡gloría sea por siempre a Dios!! 


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martes, 12 de julio de 2016

ATRIBUTOS DE DIOS: GRACIA


 “…favor eterno y totalmente gratuito de Dios, manifestado en la concesión de bendiciones espirituales y eternas a las criaturas culpables e indignas”
(Abraham Booth)

   Hablar de la gracia es hacer referencia a uno de los atributos más sobresalientes en el trato de Dios para con aquellos que llegan a ser sus hijos. De entrada hemos de mencionar que este atributo divino aparece en las Escrituras siendo ejercido solo a favor de los que llegan a ser parte del pueblo de Dios; no se nos dice que Dios manifieste su gracia para con los que nunca llegan a reconciliarse con él. Claro está que hay muchas bendiciones y bondades que Dios, “por gracia”, administra y concede sobre todas sus criaturas, incluyendo a aquellos que le desprecian y adversan, pero cuando consideramos la gracia como atributo divino nos referimos principalmente a ese aspecto en la divinidad que hace posible que los pecadores reciban perdón y salvación sin merecerlo. 

   La gracia es la puerta de entrada a la comunión con Dios y sus bendiciones. Todos estamos arruinados espiritualmente a causa del pecado y por ello mismo estamos descalificados para ser merecedores de las bondades del Dios Santo (Romanos 3:23), y permaneceríamos eternamente excluidos y separados de Dios y sus bendiciones de no ser por la gracia de Dios, la cual hace posible lo que es absolutamente imposible por otros medios: que Dios perdone nuestros pecados, nos conceda su favor y bendiciones en esta vida, y,  finalmente, al término de nuestra existencia terrenal, nos liberte de toda corrupción y vestigio de mortalidad concediéndonos el disfrute de una eternidad inimaginablemente gloriosa y dichosa en su presencia, y permitiéndonos participar en plenitud sin límites del mayor de los dones que la gracia puede brindar a un pecador: tener comunión absoluta con Dios, lo cual, considero, es la más incluyente definición y expresión de la salvación.  

   Gracia es contraria y opuesta a mérito o derecho; como expresa Arthur Pink: “El favor absoluto de Dios no es compatible con el mérito humano”. Como también lo expresó G. Bishop: “La gracia es la provisión para hombres que están tan caídos que no pueden levantar el hacha de justicia, tan corrompidos que no pueden cambiar sus propias naturalezas, tan opuestos a Dios que no pueden volverse a Él, tan ciegos que no le pueden ver, tan sordos que no le pueden oír, tan muertos que Él mismo ha de abrir sus tumbas y levantarlos a la resurrección”. Lamentablemente muchos cristianos desconocen, minimizan y malentienden la grandeza e implicaciones de este glorioso atributo que, dicho sea de paso, no admite “otras ayudas” para brindar sus dádivas a los creyentes. Es así como vemos al apóstol Pablo confrontando a los creyentes de Galacia y advirtiéndoles que los que pretendan justificarse ante Dios sobre la base de la ley realmente se están separando de Cristo y de su gracia (Gálatas 5:4-6), y, así mismo, argumenta en su exposición a los Romanos que la elección divina del Israel que ha de ser salvo, el remanente, está basada en la gracia de Dios y no en el obrar personal de los involucrados (Romanos 11:5-6). Pero este asunto de nuestra “necesidad de calificar” parece estar tan arraigado en nosotros que solo el divino bisturí de la palabra de Dios lo puede remover exitosamente de nuestros corazones, y ello, nuevamente solo por la gracia de Dios, la cual una vez que le permitimos realizar su operación en nosotros nos librará de la confianza propia y de la meritocracia espiritual que tanto nos oprime. 

   Otro aspecto relacionado con este maravilloso atributo es que la gracia de Dios manifestada a favor de los pecadores (los creyentes de ayer, hoy y mañana), lejos de ser incierta, por las razones que se quieran argumentar, es la única base firme e incontrovertible en la que un creyente se puede afirmar para gloriarse por las abundantes bendiciones que recibe de Dios tanto para esta vida como para la venidera (Romanos 5:1-2). ¿Si no es en la gracia de Dios de qué cosa nos podemos gloriar como hijos de Dios? Aparte de la gracia de Dios nada hay de lo que nos podamos gloriar. Como diría el apostol “¿Y qué tienes que Dios no te haya dado? Y si él te lo ha dado, ¿por qué presumes, como si lo hubieras conseguido por ti mismo?” (1Corintios 4:7). Pero parados firmes en la gracia de Dios podemos gloriarnos en esa misma gracia por todas las bendiciones y privilegios que nos son concedidos gratuita e inmerecidamente por nuestro buen Dios.

   ¿Qué nos asombra de la gracia de Dios? ¿Qué nos inquieta o desconcierta de ella? ¿Ante el hecho de que Dios nos manifieste su gracia inmerecidamente cómo respondemos? ¿Todavía pensamos que la salvación de nuestras almas depende de lo que podamos hacer o dejar de hacer? ¿Está nuestra relación con Dios basada en nuestro reposar en la gracia, o, por el contrario está basada en esfuerzo y el constante intento de calificar? ¿Cuán frecuente es su gracia motivo de alabanza y gratitud en nuestras oraciones y reflexiones?

"...habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo...para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado
(Efesios 1:5-6) 

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sábado, 2 de julio de 2016

ATRIBUTOS DE DIOS: JUSTICIA


   Decir que Dios es justo y que se deleita en la justicia es hace referencia a uno de los atributos más sobresalientes de su Ser. La Escritura declara la justicia de Dios en medio del regio himno que compuso Moisés:

Él es la Roca, cuya obra es perfecta, porque todos sus caminos son rectitud; Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad en él; es justo y recto
(Deuteronomio 32:4)

   En el último libro de la Biblia, el libro de Apocalipsis, se menciona que en otro “himno de Moisés” un coro glorificado exalta la justicia de Dios cantando:

“Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios Todopoderoso.
Justos y verdaderos son tus caminos, 
Rey de las naciones.
¿Quién no te temerá, oh Señor?
¿Quién no glorificará tu nombre?
Sólo tú eres santo.
Todas las naciones vendrán
Y te adorarán,
Porque han salido a la luz
Las obras de tu justicia”
(Apocalipsis 15:3-4)

   La justicia de Dios destaca fulgurante a lo largo de todo el sagrado Libro en una muy  extensa y variada gama de matices, manifestaciones y propósitos. La historia de nuestro devenir como raza testifica que la justicia tiene que  ocupar un papel protagónico en la vida de los hombres si es que hemos de aspirar una vida equilibrada, con sentido de realización y propósitos trascendentes. Nuestro Creador nos hizo con esa facultad y necesidad vital. Pero lamentablemente, y para aflicción nuestra, vivimos en un mundo donde predomina la injusticia en casi todos los niveles y relaciones, corrosiva condición que paulatina pero progresivamente nos está empujando como sociedad hacia el escepticismo y a concebir la  justicia  como un ideal teórico-ético-religioso de poco valor práctico para la vida. Pienso que precisamente por esta razón la justicia de Dios resalta tanto en las páginas de las Escrituras; su justicia hace eco en nuestras almas y despierta elevados anhelos en nuestras conciencias, y si somos seducidos por su honesto mensaje procede entonces a brindarnos fortaleza ánimo y propósito además de consuelo y esperanza; pero si, contrariamente, decidimos ignorar su llamado, la justicia misma nos amonesta con justa y firme gravedad sobre las severas consecuencias que tendremos que experimentar. 
 
   La Escritura afirma que “Dios es justo y ama la justicia” (Salmo 11:7). Ahora bien, el hecho de que Dios sea justo y ame la justicia implica, lógica y necesariamente, que Él actúa como Juez que administra e imparte justicia. Aspectos que numerosas veces son mencionados en la Escritura: “El Dios justo prueba la mente y el corazón…Dios es juez justo” (Salmo 7:9,11); “Justicia y juicio son el cimiento de tu trono” (Salmo 89:14). Pero además tenemos que considerar que al administrar e impartir justicia Dios actúa como verdadero  “Juez Justo”, lo cual conlleva la ineludible necesidad (por causa de la justicia) de que como juez, Dios reconozca y premie los actos de justicia, y así mismo, juzgue y castigue todo acto de injusticia que se comete en la tierra.  En este sentido debo añadir que la audiencia ante el tribunal divino que ha de examinar juzgar y dictaminar sobre los actos de justicia de nuestras vidas, es tanto ineludible como absolutamente exhaustiva (Romanos 2:1-11). 

   La mayoría de las personas conceden que “algún día” todos tendremos que dar cuentas delante del Juez; pero parece ser que cada vez menos personas piensan que “en esta vida” también hemos de dar cuentas delante del Juez. El testimonio de las Escrituras nos muestra que la justicia de Dios se manifiesta tanto en esta vida como en la venidera, en la existencia terrenal como en la que hemos de experimentar fuera de ella. Reconozco que este es un tema difícil y espinoso pero creo que es necesario tratar de adentrarnos lo más que se nos conceda en el mismo. Dios administra justicia en la tierra en la vida de los hombres, pero probablemente, la mayoría de las veces de formas y maneras que nosotros no alcanzamos a comprender y valorar adecuadamente. El libro de Eclesiastés da cuenta de lo contradictorio que a veces luce este difícil tema al expresar: “Justo hay que perece por su justicia y hay impío que por su maldad alarga sus días” (Eclesiastés 7:15), lo cual a primera vista luce como un sin sentido o algo injusto, pero hemos de tener siempre presente que el Juez que administra y conduce los procesos de todos los hombres es un Juez Justo, Imparcial, Sabio, Noble y Bueno; Él siempre impondrá la justa paga que, a razón de las injusticias cometidas, los hombres tendrán que pagar, aunque no siempre los agraviados (aquellos que fueron perjudicados por los actos de injusticia) tengan conciencia de ello. Los “justos juicios” de Dios (Apocalipsis 16:7;19:2) han estado presentes en las crónicas de las historia de muchos pueblos y civilizaciones,  se han manifestado a lo largo de la historia humana y continuarán manifestándose “desde el cielo” (Romanos 1:18) contra las impiedades e injusticias de los hombres, hasta que se establezca la justicia en la tierra por llegada del Reino de Dios de forma permanente y definitiva (Apocalipsis 11:15-18), y, luego, finalmente veremos la venida de nuevos cielos y nueva tierra en los cuales ha de morar permanente e ininterrumpidamente la justicia (2Pedro 3:13).

   Al considerar el curso de la manifestación de la justicia de Dios en las Escrituras creo que podemos percibir un progreso sostenido en el mismo que tiene su clímax en la Persona del Salvador (Romanos 3:21-22), el Señor Jesucristo, quien es la Justicia de Dios personificada, y en quien se resuelve de forma definitiva el conflicto causado por la presencia de la injusticia en el orden creado. El Hijo de Dios posee en sí mismo todos las cualidades y prerrogativas propias de la justicia (Hebreos 7:26), de manera que él puede presentarse como genuino representante de nuestra causa puesto que él fue verdaderamente humano (Filipenses 2:7-8);  puede fungir como juez puesto que él mismo es Dios por sobre todas las cosas (Romanos 9:5); puede actuar como abogado defensor al interceder justa y favorablemente por todos aquellos que encomiendan a él su causa (1 Juan 2:1); puede presentarse como causa única para absolver o condenar a los hombres, puesto que es el único medio establecido por Dios para otorgar salvación a los hombres (Hechos 4:11-12). La historia de la humanidad es desde un punto de vista que pocas veces se considera, la historia de la justicia en los avatares de la creación de Dios, y esta historia tendrá uno de sus puntos culminantes cuando el más encumbrado representante de nuestra raza, el Señor Jesucristo, viva y eterna manifestación de la justicia de Dios, reciba todo reconocimiento y honor. Tal vez uno de esos momentos de gloria sea el descrito en las palabras de Apocalipsis 19:11-16 donde Juan dice:

   "...vi que el cielo se había abierto, y que allí aparecía un caballo blanco. El nombre del que lo montaba es Fiel y Verdadero, el que juzga y pelea con justicia. Sus ojos parecían dos llamas de fuego, y en su cabeza había muchas diademas, y tenía inscrito un nombre que sólo él conocía. La ropa que vestía estaba teñida de sangre, y su nombre es: «El verbo de Dios.» Iba seguido de los ejércitos celestiales, que montaban caballos blancos y vestían lino finísimo, blanco y limpio. De su boca salía una espada afilada, para herir con ella a las naciones. Él las gobernará con cetro de hierro; y pisará el lagar del ardiente vino de la ira del Dios Todopoderoso. En su manto y en su muslo lleva inscrito este nombre: «Rey de reyes y Señor de señores.»

   Finalmente, (y sin pretensión de haber agotado  el tema y ni siquiera de haberlo tratado con el requerido acierto) es necesario notar que, en el proceso y curso de los juicios de Dios, tienen lugar  abundantes manifestaciones de misericordia y gracia. Por ejemplo: 

   En el juicio del hombre en Edén Dios juzga y sentencia, pero además hace provisión para el arruinado hombre y su descendencia (Génesis 3:15, 23).

   En el juicio que había de caer sobre toda la humanidad de aquel entonces por medio del diluvio, la Escritura afirma “Pero Noé hallo gracia ante los ojos del Señor” (Génesis 6:8).

   En el juicio que se llevaba en el tribunal divino sobre la causa de los pueblos amorreos en tiempos de Abraham, Dios decide esperar hasta “el colmo” antes de actuar (Génesis 15:16).       
   En el inminente Juicio que ha de caer sobre la ciudad de Sodoma y sus moradores por causa de sus abominables injusticias, Abraham apela al carácter justo de Dios para que este se manifieste favoreciendo a quienes no participan de tales injusticias (Génesis 18:23-33).

   Nuestro llamado es hacia la justicia y la rectitud, ese ha de ser el norte de nuestro vivir…

Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como Él es justo
(1Juan 3:7)

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domingo, 26 de junio de 2016

LOS ATRIBUTOS DE DIOS


Todo lo que podamos afirmar sobre la persona y obrar de Dios ha de surgir de lo que él ha dicho de sí mismo y fue registrado en la Biblia. Cualquier afirmación que se haga sobre la persona de Dios sin que esté fundamentada y sostenida por las Escrituras es simple presunción y especulación.

       En la Biblia encontramos muchísimas afirmaciones sobre la naturaleza y carácter de nuestro Dios y Salvador; algunas son directas y concisas, otras nos son presentadas en medio de los acontecimientos que narra la Escritura; unas proceden de afirmaciones realizadas por Dios mismo en primera persona, mientras que otras son afirmaciones de Dios hechas por hombres santos quienes tuvieron un trato particularmente cercano y especial con él. 

        Sea porque Dios mismo nos hizo con la necesidad de ordenar y edificar el conocimiento sobre todas las cosas, incluyendo su propia persona, o sea por otras razones que de momento escapan de nuestra consideración, en el transcurso del tiempo los creyentes al reflexionar sobre la persona de Dios optaron por llamar “atributos” a esas características que las Escrituras muestran de Él y que definen su personalidad y obrar. Algunos atributos se les ha llamado “comunicables” (por ser compartidos en cierta medida con el ser humano, por ejemplo, el amor) y otros se les ha llamado “incomunicables” (por ser única y exclusivamente posesión de Dios, por ejemplo, eternidad).
           
          No se puede dejar de insistir en el hecho de que es de suprema importancia que la “idea” que los creyentes tengamos sobre la persona y obrar de Dios sea verdaderamente la que la Escritura presenta y enseña. De allí, de la “idea genuinamente bíblica de Dios”, surge la verdadera fe, la correcta oración, la adecuada comprensión de la vida y lo que sucede en el mundo, y, aún el poder para vivir como Dios desea que vivamos.

INMUTABILIDAD

       El punto de partida para la consideración de los atributos de Dios lo tomaremos de las afirmaciones de Hebreos 13:8 y Santiago 1:17, donde se dice que: “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”, y, además, hablando del Padre se declara “…en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación”. Esa cualidad o característica de Dios que se expresa allí se conoce como INMUTABILIDAD, palabra que simple y llanamente expresa el hecho de que Dios no cambia, permanece siempre igual. En Él y solo en Él se encuentra la más absoluta permanencia del ser, independientemente del paso del tiempo y cualquier otra circunstancia. Solo Dios es inmutable; todos los demás seres y cosas están sujetos a experimentar y sufrir cambios.

      La inmutabilidad de Dios nos invita a descansar en las múltiples implicaciones que contempla el hecho maravilloso que significa que el Señor no esté sujeto a cambios de ningún tipo, y de que Él siempre sea el mismo, ayer, hoy y por los siglos, en sus divinas, eternas e inmutables cualidades; y hay mucho en que descansar en tan elevado campo, sin embargo, debemos notar que la inmutabilidad de Dios está referida a su carácter y persona, y no necesariamente a sus obras o a su trato para con los hombres y el orden creado. Así pues podemos entender que el Dios del Antiguo Testamento es el mismo del Nuevo Testamento, pero no así su trato, oferta y demandas para con los hombres. Que Dios sea eternamente el mismo no significa que haga siempre las mismas obras ni que sus propósitos sean idénticos para los hombres de todas las edades. Tales diferencias deben ser tomadas en cuenta si hemos de orar y adorar con el espíritu y con el entendimiento y si hemos de comprender con un poco más de luz, equilibrio y razón el confuso mundo en que vivimos y cuál sea nuestro papel como iglesia en la sociedad actual.

       Un texto final para este atributo de Dios que llamamos inmutabilidad: “Yo Jehová no cambio” (Malaquías 3:6).

Esperando poder desarrollar y compartir en las próximas semanas esta serie sobre los atributos de Dios en la expectativa de que sea edificante para todos aquellos que entren en contacto con esta pequeña ventana, les saluda, Antonio Vicuña.


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