miércoles, 16 de mayo de 2012

JESÚS Y LA MUJER DE SICAR

(Basado en Juan 4)



       Una muy singular conversación entre Jesús y una mujer tuvo lugar en una localidad de Samaria llamada Sicar. El lugar donde se desarrolló aquella conversación tiene cierta relevancia debido a que estaba cerca de una parcela que Jacob había comprado cuando salió con su familia de casa de su suegro y comenzó a establecerse en la tierra de la promesa; allí había edificado un altar al Señor, y posteriormente cavó un pozo de aguas. Varios siglos más tarde, en ese mismo pozo, tendría lugar el encuentro que hoy nos ocupa.

       El evangelista nos dice que Jesús, fatigado del camino, llegó a sentarse junto al pozo de Jacob mientras sus discípulos se dirigían a la ciudad en busca de comida (vs.6,8). Esa era una parada temporal en su caminata hacia la región de Galilea. Aunque con frecuencia se afirma que el encuentro tuvo lugar cerca del medio día, es bastante probable que en realidad haya tenido lugar cerca de las 6 de la tarde, hora en que generalmente se acostumbraba a ir en busca de agua (la hora sexta mencionada por el evangelista haría referencia a la manera romana de dividir el día, y no a la judía en este caso).

       Este es uno de esos maravillosos y sencillos pasajes que nos muestran al Señor Jesucristo en su genuina humanidad: he aquí un Jesús cansado, fatigado, probablemente acalorado y aún sediento, que prefiere quedarse descansando mientras sus acompañantes van hasta la ciudad en busca de las provisiones necesarias.


     Se suma pues este pasaje a todos aquellos que nos presentan ese aspecto tantas veces olvidado sobre aquel que se encarnó para venir a ser salvador de todos los que creen: él fue completo y perfecto hombre mientras que, al mismo tiempo, fue igualmente completo y perfecto Dios.


       El evangelista nos dice:

Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: dame de beber” (vs.7).

       La forma como Dios comienza a llamar nuestra atención puede ser a veces de lo más simple. En este caso el Señor Jesús irrumpe en el “silencioso” mundo de esta mujer pidiéndole agua. ¿De qué manera estará el señor tratando de obtener nuestra atención?La mujer se sorprende principalmente porque quien le habla es, en primer lugar, hombre, y, además, en segundo lugar, judío. De la primera razón de su asombro hasta sus propios discípulos participarían (vs.27). Se dice que los judíos ni siquiera a sus esposas dirigían la palabra cuando estaban caminando o se encontraban en la vía pública, eso era algo considerado impropio. Y el hecho de que Jesús siendo judío le dirigiese la palabra para pedirle agua, debió ser lo último que habría imaginado aquella mujer que podría suceder cuando se acercaba al pozo ese día. Resulta que la enemistad entre judíos y samaritanos era tanto antigua como proverbial. Los samaritanos desde hacía varios siglos eran despreciados por los judíos porque su linaje, aunque venía de Abraham, no era puro, en otras palabras, eran despreciados por ser mestizos, tanto de sangre como en lo religioso. Y aunque creían en Jehová como único Dios y en los libros de Moisés, sin embargo, nunca aceptaron los escritos de los profetas, ni a Jerusalén como el lugar designado por Dios para su adoración. Los judíos cuando querían ofender a alguien lo llamaban “samaritano”, de hecho al Señor mismo se lo hicieron (ver Jn.8:48). Pero la enemistad no era en una sola dirección, también de los samaritanos hacia los judíos había una abierta hostilidad (ver Lc.9:51-56). El Señor, pues, quebrantó dos grandes prejuicios y barreras al dirigir su palabra a la recién llegada mujer en el pozo. El prejuicio común de los hombres de su tiempo para con las mujeres, y el prejuicio religioso que se basaba en la discriminación racial. La pregunta para nosotros es ¿Tenemos alguna enemistad que hace tiempo debió desaparecer y sin embargo aún la sostenemos y alimentamos por causa de prejuicios y razones que no tiene validez delante de los ojos de nuestro Señor y Dios? ¿Cómo puede un hijo de Dios tener enemistad contra otra persona que también está hecha a imagen y semejanza de Aquel que nos creó? ¿Somos algunos de nosotros tan judíos o tan samaritanos como para no dirigirle la palabra a alguien porque no cree y piensa como nosotros?  

       La mujer responde a Jesús expresando (¿reprochando?) su sorpresa de que éste le hubiese pedido agua precisamente a ella, mujer samaritana, a lo cual, Jesús responde con las palabras siguientes:

Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva” (vs.10)

       Allí está la paradoja de la vida. Jesús le pide agua a ella, pero si ella supiera quién es él, sería ella quién clamaría.

       Me pregunto cuántas de nuestras necesidades, de nuestras angustias, de nuestros requiebros del alma, serían diferentes si, conociendo el don de Dios, nos acercamos ante él en oración. Si conocieras el don de Dios…si conocieras el amor de Dios…si conocieras el perdón de Dios…si conocieras el poder de Dios…si conocieras la fidelidad de Dios…cuántas y qué cosas más pediríamos si conociésemos a plenitud el don de Dios. “Tú le pedirías y él te daría agua viva”. Pero me temo que muchas veces nos pasa como a la mujer samaritana: nos cuesta caer en cuenta sobre lo que no es conveniente y lo que el señor nos ofrece. Ella pensaba que Jesús le hablaba de simple y natural agua (vs.11-15) y no caía en cuenta de la profunda necesidad espiritual y emocional que la había estado llevando por años a una vida cada vez más pobre y envilecedora. Tanto había degradado su alma que creo que ya casi sin dolor aceptaba su miserable y desgraciada condición. En un tiempo donde la sociedad no estaba tan corrompida, ella, quizá sin saber porqué, se había corrompido interiormente de tal manera que no tenía vuelta atrás en su condición. El amor y la gracia de Dios son tan extraordinarios que pueden restaurar al más perdido y arruinado de los hombres. Pero para que ello suceda Dios debe confrontar a la persona con su condición, sus pecados y su necesidad espiritual de perdón y salvación. A veces pensamos que Dios está interesado solo en algunos aspectos de nuestra vida, pero la verdad es que Él está interesado en toda nuestra vida y en todos los entramados que la conforman. Por ello, para que el propósito de salvación y restauración se lleve a cabo en nuestras vidas, con frecuencia Él debe sacar a la luz precisamente aquellos aspectos que preferiríamos mantener al margen. Si Dios tiene que rehacer nuestras vidas debemos permitir que toque en nuestro pasado y presente. En nuestro pasado nos llamará al arrepentimiento por todo aquello que hicimos que no debimos hacer. Y en nuestro presente nos llamará a un cambio radical de vida orientados por la fe que nace de nuestra relación con él y su palabra. (vs. 16-18). “Ve, llama a tu marido, y ven a acá” fue la manera como el Señor llamó la atención de esta mujer sobre su vida de pecado pasada y sobre lo que más adelante tendría que manifestarle acerca de él.

       La mujer ante la gentil confrontación de Jesús demostró tener algún conocimiento sobre los asuntos religiosos: reconoció en Él un posible profeta, acto seguido le habló sobre las tradiciones religiosas de los samaritanos. La adoración y la venida del Mesías, por lo que Jesús, al tocar este tema con ella, le refiere las siguientes palabras:

Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (vs. 20-24). 

       El lugar de adoración en un tiempo estuvo en Silo, luego en Jerusalén, luego fue destruido el templo y por muchos años no había un lugar de adoración. En los tiempos del Señor Jesucristo el templo había sido nuevamente edificado y los judíos acudían a Jerusalén a presentar sus ofrendas, pero los samaritanos ofrecían su adoración a Dios en el monte Gerizim, el lugar donde al entrar a la tierra de la promesa subieron 6 de las tribus de Israel para bendecir al pueblo. El Señor le dice abiertamente que ellos (los samaritanos) adoran a ciegas sin conocimiento. Pero le comunica que llegará un tiempo donde la adoración a Dios no se rendirá en algún lugar específico sino que será dirigida desde todo corazón que en espíritu y en verdad la tribute a Dios. “Los verdaderos adoradores adorarán al Padre”, hay tantos que se dicen adoradores de Dios, pero el Señor habla de los verdaderos adoradores. Y es que la verdadera adoración no se basa en los aspectos externos (sea cuales quiera que estos sean); la verdadera adoración se realiza en espíritu y en verdad; se lleva a cabo en sinceridad, con el corazón puesto en ello y en apego a la verdad. “Dios es espíritu, y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren”.

        La mujer expresa: “Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando el venga nos declarará todas las cosas” (vs. 25) a lo que respondió el Señor diciéndole: “Yo soy, el que habla contigo” (vs. 26).

       Qué gran privilegio tuvo esta anónima mujer, de quien ni siquiera su nombre nos es conocido: el Señor mismo se manifiesta ante ella declarándole que Él era el Mesías; esta declaración solo a muy pocas personas le fue concedida. Al instante la mujer fue en busca de los de la ciudad para declararles lo que le había sucedido y que se apresurasen a venir ante Jesús. ¿Sabe? Lograron convencer al Señor a que se quedase dos días con ellos en Sicar. Jesús entre los samaritanos. El resultado fue que creyeron muchos más.

       La mujer que fue a sacar agua del pozo de Jacob, terminó tomando del agua viva que el Caminante le ofreció. Creyó en Jesús y sus palabras. Sus pecados fueron perdonados, de seguro su vida cambió, al igual que la vida de muchos en Sicar.

      ¿Qué haremos nosotros con Jesús y sus palabras? El nos ofrece agua de vida eterna. Nos confronta con nuestra vida de pecado pero nos ofrece perdón y una nueva vida adorando a Dios el Padre en espíritu y en verdad, y se revela ante nosotros como el Mesías el salvador del mundo.  ¿Aceptarás tú sus palabras y oferta de agua viva?

       Deseando que Dios bendiga tu vida y familia, Antonio Vicuña.

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